Hay un niño en tu equipo que ya ha decidido que el año que viene no va a volver. Todavía no te lo ha dicho. No es el que peor juega, ni el que más falta. Puede ser el que más sonríe los días buenos. Lo que pasa es que lleva semanas haciendo una contabilidad que tú no ves, y la partida que más pesa no tiene que ver con los goles. Tiene que ver con cómo reaccionas cuando falla.
El abandono en el fútbol base rara vez llega por carta. Llega como un «este verano no me apunto», después de meses de señales pequeñas que nadie recogió.
El dato que incomoda a los que trabajan bien
El 70% de los niños que practican deporte lo dejan antes de los 18 años. Lo documentan estudios europeos sobre participación deportiva juvenil y también investigaciones recientes en el contexto español. La reacción habitual es buscar una excusa estructural: contextos difíciles, clubes sin medios, familias con poco tiempo. Pero el abandono en el fútbol base también ocurre en clubes con buenos entrenadores y familias comprometidas.
Los datos no distinguen entre ricos y pobres: distinguen entre entornos donde el niño siente que su esfuerzo importa y entornos donde solo importa el marcador.
Lo que la investigación señala de forma consistente es que los niños dejan el deporte cuando el error los hace invisibles. No cuando pierden partidos, sino cuando pierden la sensación de ser vistos.
Lo que el niño registra sin saberlo
No lo racionaliza porque tiene diez años, pero lo está apuntando. La semana que falló en el último cuarto y el entrenador miró hacia otro lado. La vez que marcó y hubo un «buen trabajo» rápido antes de seguir con el ejercicio. La tarde que llegó triste porque en el colegio habían pasado cosas y nadie preguntó.
Nada de eso es maltrato. Es el ritmo normal de un entrenamiento con veinte jugadores y una hora y cuarto. El problema del abandono en el fútbol base no es que los entrenadores sean malos. Es que el modelo replica lo que los niños ven en televisión: el fútbol de adultos, donde lo que cuenta es el resultado y no el jugador.
«Lo que están practicando los niños no debería ser un calco de lo que estamos viendo en las televisiones.»
— Abel Merino Orozco · Doctor en educación · Universidad de Burgos · Ponente del Congreso
La psicóloga Sonia Kliass, especializada en desarrollo infantil, explica el mecanismo con una precisión que cualquier entrenador puede aplicar. Cuando alguien a quien admiramos nos dice sistemáticamente que lo que hacemos está mal, el niño sin recursos no concluye «mi acción ha estado mal». Concluye algo mucho más costoso:
«Si alguien que admiro me dice todo el rato que todo lo que hago está mal, entiendo que estoy mal yo. […] Pero una persona que no tiene buena autoestima sentirá: “yo a ti no te gusto”.»
— Sonia Kliass
Y cuando un niño siente que no le gustas, deja de intentarlo. El problema de fondo es de modelo y de cultura, no de entrenadores concretos, y eso hace que sea mucho más difícil de ver desde dentro.
El abandono en el fútbol base se decide en tres segundos
Hay un momento concreto en que se juega mucho de esto. No en la charla previa al partido ni en el análisis del domingo por la tarde. En los tres segundos que siguen al error.
El niño acaba de perder el balón, dar un mal pase o fallar el gol que era cantado. Lo que haces en ese momento —no lo que dices, sino lo que haces con la mirada— es lo que él registra. Si tu mirada va al siguiente, ese niño aprende que cuando falla deja de existir para ti. Si tu mirada se queda, aprende que puede equivocarse y seguir siendo parte de lo que está pasando.
Luis Lois Carro, entrenador y profesor que trabaja con formadores de base, pone nombre al proceso que hay detrás:
«El entrenador es una persona formada, un técnico deportivo formado, y tiene un valor importantísimo, porque el feedback que le dé al niño es fundamental. […] Se conoce en psicología como el efecto Pigmalión: si le damos confianza para que lo vuelva a intentar, es muy probable que la siguiente vez lo intente hacer bien.»
— Luis Lois Carro
Ese proceso ocurre en semanas. Por eso cuando el niño dice «este verano no me apunto», el entrenador a menudo no lo ve venir. El abandono ya estaba decidido mucho antes.
Lo que hacen diferente los entrenadores que retienen a sus jugadores
No hace falta cambiar el sistema de entrenamiento para reducir el abandono en el fútbol base. Hay tres cosas concretas que se pueden hacer a partir del martes que viene.
La primera es mirar al que falla antes que al que anota. No más tiempo, no más energía: solo el orden. El niño que falla necesita saber que sigue siendo visto. El que marca ya lo sabe.
La segunda es nombrar el esfuerzo antes que el resultado. «Buena presión» después de una recuperación que no llegó a tiempo vale más que «buen pase» después de uno que salió bien por accidente.
La tercera, y la más difícil, es distinguir entre los que se quejan mucho y los que no se quejan nada. El abandono en el fútbol base ocurre con más frecuencia entre los segundos: los que aprenden que quejarse no sirve de nada dejan de hacerlo, y poco después dejan de volver. Si quieres profundizar en cómo se forma un entrenador que mantiene a sus jugadores comprometidos, el punto de partida no es técnico sino relacional.