¿Qué aprendemos cuando perdemos? Lo que el fútbol base no enseña

Son las 19:00 del domingo.

El coche huele a barro y a silencio. Lleváis diez minutos conduciendo y tu hijo no ha dicho una sola palabra. Miras por el retrovisor. Tiene la vista perdida en la ventana. No llora. No habla. Solo está.

Han perdido 3-1.

¿Qué haces ahora? ¿Hablas? ¿Esperas? ¿Pones la radio para llenar ese silencio?

Ese momento en el coche es uno de los más importantes del fútbol formativo. Para aprender a perder en fútbol base hace falta saber qué hacer con él. Y la mayoría de las veces lo dejamos pasar.

Aprender a perder en fútbol base no es un accidente. Es algo que se enseña. La manera en que reaccionamos en ese instante decide si el niño aprende de la derrota o solo aprende a callarla.

Perder duele diferente según la edad del niño

Antes de hablar de cómo reaccionar, conviene entender que no todos los niños procesan la derrota igual. No es cuestión de carácter. Es de desarrollo.

Sonia Kliass, psicóloga especializada en desarrollo infantil y autora de varios libros sobre juego y desarrollo, lo explica con claridad:

«Un niño de 5 años, cuando pierde, quiere cambiar las normas del juego. Un niño ya a partir de 7, 8, 9 años, si pierde no va a querer cambiar las reglas del juego. Ya puede comprender, porque tiene que ver con su momento vital.»

— Sonia Kliass

La capacidad de aceptar la derrota no aparece de golpe. Se construye, despacio, con los años. Lo que hacemos mientras esa capacidad se construye importa más de lo que creemos.

Si pedimos a un niño de 7 años la madurez emocional de un adulto cuando pierde, no solo pedimos lo imposible. Le generamos frustración. Y una baja autoestima, porque pensará que tiene un problema que no tiene.

Entender en qué momento vital está el niño es el primer paso para que aprender a perder en fútbol base sea posible.

Cuando el juego competitivo llega demasiado pronto

Hay un dato que cambia la manera de ver el fútbol base para los más pequeños. Kliass señala algo que muchos adultos pasamos por alto:

«El competitivo en plan entre dos —alguien va a ganar— solo les va a interesar a partir de los 12.»

— Sonia Kliass

Doce años. No ocho. No diez. A esa edad, y no antes, el niño está preparado emocionalmente para el juego competitivo de verdad.

Esto no significa que los partidos de los más pequeños no tengan valor. Significa que no podemos juzgar cómo procesa la derrota un niño de 8 años con los parámetros de un adulto. El entrenador tiene delante algo muy distinto a un adulto pequeño. Tiene delante a alguien que todavía está aprendiendo qué es perder.

El miedo a perder bloquea más que la derrota

Hay una pregunta que Amparo Aparisi hace a sus jugadores antes de cada partido. Aparisi es coach de inteligencia emocional en la Escuela Municipal de Fútbol de Carlet:

«¿Vas a salir a ganar o vas a salir a no perder?»

— Amparo Aparisi

La diferencia no es semántica. Es de fondo. Un jugador que sale a ganar pone el foco en lo que quiere. Un jugador que sale a no perder pone el foco en lo que teme.

Y ese miedo ocupa exactamente el espacio que podría ocupar la confianza:

«El miedo a fallar es uno de los que hay que estar muy atento. Uno no le deja espacio al otro. Tú o pones el foco aquí o pones el foco allá.»

— Amparo Aparisi

Aprender a perder bien empieza antes del partido. Empieza en la mentalidad con la que el niño sale al campo. Y esa mentalidad la construimos, o la demolemos, con lo que le decimos antes de que pite el árbitro.

Gestionar, no controlar: el cambio que lo transforma todo

Aparisi también propone un cambio de vocabulario concreto en el vestuario:

«Cambiamos la palabra “controlar” por “gestionar”.»

— Amparo Aparisi

No es un juego de palabras. Es un cambio de mentalidad. Decirle a un niño que «controle» su frustración le dice que la frustración es un problema que debe eliminar. Decirle que la «gestione» le dice que la frustración es normal. Que tiene herramientas para manejarla.

El objetivo no es un niño que no siente. Es un niño que sabe qué hacer con lo que siente.

La derrota duele. Eso no es el problema. El problema es no saber qué hacer con ese dolor. Y cuando no sabemos, lo guardamos. O lo soltamos en el momento equivocado, de la manera equivocada.

«No pasa nada»: la respuesta más humana y más dañina

Volvemos al coche.

Tu hijo sigue en silencio. Y tú, queriendo ayudar, dices: «No pasa nada. Ha sido un partido difícil. Lo hiciste bien.»

Es la respuesta más humana del mundo. Y también, según Álex Anderez, psicólogo y autor de Camino a la calma, una de las más dañinas:

«Nunca hay que decir “no pasa nada”. Porque sí pasa, sí pasa. El nivel de frustración de un chaval en ese momento es enorme. Y si esa frustración no sale ahí, va a salir en otro momento, en otra situación.»

— Álex Anderez

Esa conversación con Álex Anderez, junto a otras treinta, está recogida entera en La huella que dejamos.

Lo que el niño necesita no es que le quitemos el peso. Es que alguien le ayude a llevarlo.

«No pasa nada» le dice que lo que siente no tiene importancia. Que debe guardárselo. Que debe pasar página. Y así, partido a partido, temporada a temporada, el niño va aprendiendo algo que nadie quería que aprendiera: a callarse cuando pierde.

Escuchar primero. Analizar después.

Entonces, si no decimos «no pasa nada», ¿qué hacemos?

Anderez tiene una respuesta clara. Más sencilla de lo que parece.

Escuchar. Antes de cualquier análisis, el entrenador —y el padre o la madre— debe crear el espacio para que el niño exprese lo que siente. No resolver. No explicar. Escuchar.

«Que el entrenador valide las emociones de los niños. Que hable, que les conozca, que les pregunte: “¿Qué te ha pasado en el partido? ¿Por qué saliste frustrado? ¿Qué te ha ocurrido?”»

— Álex Anderez

Esa pregunta hace algo que «no pasa nada» no puede hacer: valida la experiencia del niño. Le dice que lo que sintió importa. Que tiene sentido sentirlo.

Las correcciones técnicas pueden esperar hasta el entrenamiento del martes. El estado emocional del niño no puede esperar.

Lo que hace un psicólogo cuando alguien pierde

Anderez describe cómo trabaja con sus clientes en momentos de alta carga emocional. Y lo que dice se aplica directamente al vestuario:

«En psicología, cuando tienes a un consultante delante, tú como psicólogo hablas muy poco. La persona está continuamente hablando. Los silencios son enormes en una consulta. En una hora, quizá estoy hablando diez minutos. Porque esa persona se tiene que liberar.»

— Álex Anderez

No hace falta ser psicólogo para aplicar esto. Solo hace falta resistir el impulso de hablar cuando lo que el niño necesita es que le escuchen.

Diez minutos de escucha real después de un partido valen más que media hora de análisis táctico. No porque el análisis no sirva. Sino porque el análisis solo funciona si el niño está en condiciones de recibirlo.

Y esto también es entrenable. El entrenador que aprende a callarse en el vestuario después de perder está haciendo, quizá, el mayor gesto educativo de toda la semana.

La resiliencia no es un don. Se entrena.

Hay una idea que aparece una y otra vez entre los expertos de la Plataforma. La resiliencia no es algo con lo que se nace. Se construye.

Y se construye, precisamente, en momentos como este. En la derrota del domingo. En el coche de vuelta. En el vestuario cuando quedan diez minutos.

Anderez lo dice con una advertencia que vale la pena recordar:

«Si refuerzas la conducta de huida —nos vamos, cambiamos de club, lo olvidamos—, el niño aprende exactamente eso: a marcharse de todo. Me va mal aquí, me voy. No apruebo esta asignatura, la dejo. La resiliencia se entrena. Y para ello no hay que sobreproteger.»

— Álex Anderez

Sobreproteger no es querer demasiado. Es quitarle al niño la oportunidad de aprender a gestionar lo difícil.

El fútbol formativo, con su ritmo semanal de partidos y derrotas, es uno de los mejores laboratorios del mundo para construir esa capacidad. Siempre que aprender a perder fútbol base sea un objetivo real, no solo una frase bonita en una charla de vestuario.

Y sin embargo, el resultado sigue mandando

Hay que ser honestos.

Todo lo que hemos dicho aquí tiene sentido. Pero también es verdad que el fútbol formativo vive bajo una presión enorme para ganar. Los presidentes miran la tabla. Los padres comparan resultados. Los entrenadores saben que su continuidad, a veces, depende de ellos.

Enseñar a perder bien no es solo una cuestión de actitud individual. Es también estructural. Un entrenador que quiere darle espacio a la derrota necesita que el club y la familia vayan en la misma dirección.

Sin esa coherencia, el mensaje se diluye. El niño escucha al entrenador decir que perder no es lo más importante. Y luego escucha a sus padres en el coche hablar del árbitro, de los contrarios, de todo lo que ha salido mal.

Aprender a perder bien es un proyecto colectivo. Entrenadores, familias y club tienen que ir juntos. Si no, el niño recibe mensajes contradictorios que no sabe cómo procesar.

Cinco gestos concretos para aprender a perder en fútbol base

  • Antes del partido, pregúntale a tu jugador: «¿Vas a salir a ganar o a no perder?». Una pregunta, nada más. Deja que piense.
  • Después de una derrota, espera diez minutos antes de hablar. Deja que el silencio exista. No lo llenes.
  • Cambia «no pasa nada» por «entiendo que estás fastidiado». Valida antes de explicar.
  • Pregunta «¿qué te ha pasado en el partido?» antes de «¿qué hemos hecho mal?». La experiencia del niño va primero.
  • Habla con las familias antes de que llegue la primera derrota. Acordad juntos qué mensaje queréis dar. No improvises ese momento.

Estos gestos se ensayan antes de que importen. La derrota del próximo domingo no es el momento de empezar.


El 24 y 25 de octubre celebramos el I Congreso de Fútbol Formativo. Online. Gratuito. Hablaremos también de cómo acompañar a los niños después de una derrota. El enlace está en la descripción del perfil.


Aprender a perder bien es el partido que más importa

Son las 19:00 del domingo. Tu hijo sigue mirando por la ventana.

Pero ese silencio no es un problema. Es una oportunidad.

Es el momento en que aprender a perder en fútbol base deja de ser una frase bonita y se convierte en algo real. En algo que depende de lo que tú hagas en los próximos diez minutos.

El marcador ya no cambia. Lo que sí puede cambiar es lo que pasa después.

¿Cuántos minutos dedicas a escuchar a tus jugadores después de una derrota, antes de empezar a analizar el partido?


Este artículo no habría sido posible sin las voces de Álex Anderez y Amparo Aparisi. Tampoco sin la de Sonia Kliass. Gracias a ellos y a todos los expertos y expertas que, entrevista a entrevista, siguen construyendo esta Plataforma con nosotros.

Las 31 primeras entrevistas de la Plataforma están recogidas en La huella que dejamos. Un año entero recorriendo campos de toda España para demostrar que otro fútbol es posible.


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