Dopaje y deporte base

Dopaje y deporte base: Ganar a cualquier precio

Dopaje y deporte base. Hace unos días, durante una charla abierta, Javi, un estudiante de INEF de apenas 19 años, me lanzó una reflexión en voz alta que me dejó completamente helado.

Con la mirada seria, me dijo: “Pedro, en la élite nos repiten que ‘el segundo es el primero de los perdedores’. He leído que muchos atletas tomarían una droga que les asegurara el oro olímpico aunque les matara en 5 años. Si la sociedad solo valora al ganador… ¿No es el dopaje una consecuencia lógica? ¿Es inmoral doparse o es simplemente una adaptación al medio para sobrevivir?”.

Te confieso que un escalofrío me recorrió el cuerpo. Que un chico joven, futuro formador, llegue a plantearse si destruir su propia salud es un “mecanismo de supervivencia” válido, significa que hemos creado un monstruo. ¿En qué momento permitimos que el afán de victoria se tragara por completo la humanidad de nuestros deportistas?

Para arrojar luz sobre esta oscuridad, acudí de nuevo a las páginas de Ética del Deporte del Dr. Guillem Turró. Lo que encontré es una bofetada de realidad que todos los que pisamos un campo deberíamos leer.

Dopaje y deporte base

Dopaje y deporte base

Lo que Javi mencionaba no es una exageración adolescente. Turró recoge en su libro un escalofriante estudio de Bamberger y Yaeger que atestigua que el 50% de los atletas internacionales consumirían una droga que les garantizara el oro olímpico aunque ello implicara su muerte al cabo de pocos años.

Léelo otra vez.

La mitad de ellos preferirían una vida breve pero bañada en oro, antes que una vida larga sin haber pisado el escalón más alto del podio.

Vivimos sometidos a la tiranía del winner (el ganador) y al absoluto desprecio por el loser (el perdedor). Hemos inoculado en la sociedad el veneno de que ganar lo es absolutamente todo, justificando cualquier medio para alcanzar el fin. Pero cuando a un joven le exigimos resultados por encima de todo, corremos el riesgo de empujarle a la trampa, a la ansiedad y, en el peor de los casos, al suicidio a cámara lenta que supone el dopaje.

Aquí es donde entra la ética para salvarnos. Turró nos recuerda una idea brillante del filósofo Immanuel Kant:

las cosas tienen un precio y pueden ser intercambiadas, pero el ser humano tiene dignidad y un valor incalculable.

El gran drama moral de la hipercompetitividad y el dopaje es que convierte al jugador en un simple objeto. El deportista deja de ser un fin en sí mismo para transformarse en el precio a pagar para conseguir un trofeo, un contrato o el prestigio de un club. En el deporte hipercompetitivo, el chico se convierte en un conjunto de cifras (vatios, velocidad, hematocrito) y deja de ser una persona.

Esta cultura tóxica no nace de la nada; se filtra desde la televisión hasta nuestros campos de barro cada fin de semana. En la Plataforma de Fútbol Formativo, el investigador y doctor Abel Merino nos advierte de que:

el mayor “error de partida” que cometemos en el fútbol base es intentar calcar el modelo profesional adulto en un escenario infantil.

En la élite, el negocio dicta que el rendimiento es lo único que importa. Pero si trasladamos esa presión asfixiante a un cadete o a un juvenil, estamos dinamitando su autoestima y abriéndole la puerta a las conductas antideportivas. Como bien nos enseña otro gran maestro de nuestra Plataforma, Javier Vidales, el entrenador debe aprender del “Maestro Vida”:

formamos personas para que compitan mejor, pero nunca debemos competir olvidando que estamos formando.

No podemos cambiar solos la industria del deporte mundial, pero tú sí tienes el poder absoluto para proteger tu vestuario. ¿Cómo evitamos fabricar monstruos competitivos esta misma semana? Aquí tienes tres pasos:

  • Destierra el lenguaje tóxico: Prohíbe frases como “hay que ganar como sea” o “el segundo es el primer perdedor”. Enséñales que el fracaso real no es perder un partido, sino rendirse, no esforzarse o hacer trampa para conseguir un atajo.
  • La salud es innegociable: Demuestra con hechos que su bienestar está por encima de cualquier final. Si un jugador tiene molestias, no juega. Nada de forzar, nada de infiltrar a jóvenes, nada de darles “suplementos mágicos”. Tu labor es proteger su cuerpo y su mente a largo plazo.
  • Recompensa la honestidad en la derrota: Aplaudir a tu equipo cuando gana es fácil. Pero, ¿qué harías tú si pierden jugando limpio contra un equipo que hizo trampas? Ese es el momento de entrar al vestuario, mirarles a los ojos y decirles: “Hoy habéis perdido en el marcador, pero habéis ganado en dignidad. Y de eso me siento mil veces más orgulloso”.

Cada vez que le enseñas a un joven que su valor humano es infinitamente superior a cualquier medalla de oro, estás salvando una vida. No lo dudes nunca.

Dopaje y deporte base.

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