El error como herramienta de aprendizaje. Hablemos claro. ¿Cuántas veces has gritado desde la banda un “¡No la pierdas!” justo cuando el balón le llegaba a ese jugador inseguro?
Lo hacemos con buena intención. Queremos que el equipo juegue bien, que tenga la posesión, que no sufra. Pero te voy a decir algo que quizá te duela leer: con ese grito, estás inyectando parálisis.
Durante años, yo creí que entrenar era corregir errores para que no volvieran a ocurrir. Pensaba que un partido perfecto era un partido sin fallos. Qué equivocado estaba.
Un partido sin fallos en etapas formativas suele ser un partido sin riesgo, sin creatividad y, lo peor de todo, sin aprendizaje.
Recientemente, escuchando al profesor Sergio Juárez en una entrevista imprescindible, me impresionó una frase que define perfectamente lo que ocurre en muchos de nuestros banquillos:
“El miedo achica la mente”.
Y yo añado: y también achica el campo. Porque un jugador con miedo no ve el pase al hueco, solo ve el riesgo de perderla. Un jugador con miedo no regatea, se la quita de encima.
El error como herramienta de aprendizaje
De la obediencia a la curiosidad: El cambio de chip
El sistema educativo tradicional —y el deportivo— nos ha enseñado a buscar la respuesta correcta. A obedecer. Sergio Juárez cuenta que él mismo cayó en esa trampa al principio: enseñaba a los niños a obedecer y a memorizar, hasta que se dio cuenta de que no tenían curiosidad, sino resignación.
En el fútbol pasa igual.
Estamos creando robots tácticos que saben bascular perfecto, pero que no saben qué hacer cuando el guión se rompe.
Juárez decidió cambiar las reglas de su aula con una premisa radical que deberíamos tatuarnos en la pizarra del vestuario: dejar de avanzar por “saber” y empezar a avanzar por “atreverse”.
¿Te imaginas un entrenamiento donde el objetivo no sea hacerlo bien, sino atreverse a hacerlo?
El error no es un fracaso, es un horizonte
Aquí está la clave de todo. Tenemos que redefinir nuestra relación con el fallo. Solemos ver el error como una pared contra la que nos chocamos. Un “stop”. Pero Sergio nos invita a ver el error como un horizonte.
Piénsalo. La vida, la ciencia y los grandes descubrimientos se basan en el error.
Si un niño intenta un regate y se le va el balón, no ha fracasado. Ha descubierto una manera de no hacer el regate y está un paso más cerca de descubrir cómo sí hacerlo.
Si tú, como entrenador, penalizas ese intento con una mala cara, un suspiro o un grito, el niño dejará de buscar el horizonte. Se quedará quieto, buscando las llaves debajo de la farola solo porque ahí hay luz, aunque las haya perdido en la oscuridad. Se quedará en lo cómodo, y en lo cómodo no crece nadie.
Herramientas para matar el miedo (y resucitar el talento)
Sé que la teoría es bonita, pero el domingo hay partido y los nervios aprietan. ¿Cómo llevamos esta filosofía de “abrazar el error” al césped sin que el equipo sea un caos? Aquí tienes tres herramientas prácticas inspiradas en la metodología de Sergio Juárez para que tus jugadores pierdan el miedo a equivocarse:
1. Cambia la pregunta: Del “¿Por qué fallaste?” al “¿Qué intentabas?”
Juárez dejó de dar respuestas para enseñar a los niños a hacerse preguntas. Cuando un jugador falle un pase arriesgado, no le corrijas la técnica inmediatamente. Pregúntale: “¿Qué viste? ¿Qué intentabas hacer?”. Si la intención era buena (romper una línea, buscar profundidad), felicita la intención y corrige la ejecución. Si aplaudes el atrevimiento, el niño volverá a intentarlo.
2. El “No sé” como superpoder
El entrenador no es un dios infalible. Juárez sostiene que la frase más importante que un maestro puede decir es “No sé”, porque eso lo hace humano. Si te equivocas en un cambio o en un ejercicio, dilo. “Chicos, me he equivocado, este ejercicio no funciona. Vamos a cambiarlo”. Cuando el “jefe” admite el error con naturalidad, el error deja de ser un monstruo para el grupo. Creas un entorno de seguridad psicológica donde fallar está permitido.
3. Premia el “Casi”
En el aula de Sergio, se avanzaba por atreverse. En tu equipo, crea un refuerzo positivo para el error valiente. Si ese lateral que nunca sube se atreve a desdoblar y centra mal, no le digas “¡el centro!”. Dile: “¡Ese es el camino! ¡Quiero que subas diez veces más, aunque las falles todas!”. Estás premiando el proceso (atreverse), no el resultado (el gol).
Conclusión: El verdadero partido
El miedo paraliza la creatividad. Tu trabajo como formador no es evitar que tus jugadores fallen. Tu trabajo es darles la confianza para que, cuando fallen, tengan la valentía de levantar la cabeza y pedirla otra vez.
Ese es el verdadero partido.
Porque un jugador que pierde el miedo al error, es un jugador imparable. Y un entrenador que permite el error, es un entrenador que deja huella.
Atrévete tú primero a dejarles fallar.
El error como herramienta de aprendizaje