El fútbol como laboratorio de vida.

El fútbol como laboratorio de vida

El fútbol como laboratorio de vida. Te confieso algo. A veces, cuando veo a un niño llorar desconsoladamente después de encajar un gol o cometer un error garrafal, se me encoge un poco el estómago. Nuestro primer instinto como adultos es correr a protegerlos, envolverlos en plástico de burbujas para que no sufran. ¿Te ha pasado alguna vez?

Pero entonces recuerdo la historia de un portero muy especial. No jugaba en la Champions ni ganaba millones, jugaba en el modesto Racing Universitario de Argel en la década de 1930. Se llamaba Albert Camus y, muchos años después, acabaría ganando el Premio Nobel de Literatura. Él dejó escrita una frase que me cambió por completo la perspectiva:

“Todo lo que sé con seguridad a propósito de la moralidad y de las obligaciones de los hombres se lo debo al fútbol”.

Bajo los palos, hundido en el barro, Camus aprendió la lección más valiosa y cruda de la existencia: “la pelota nunca llega por donde se la espera”.

Y es que, si lo piensas, la vida es exactamente eso. Es un rebote inesperado, un mal bote provocado por el césped irregular, una lesión inoportuna o un revés en el último minuto. Aquí es donde el pensador José María Cagigal da en la diana absoluta al recordarnos que el deporte es una “espontánea escuela de vida social” y el entorno perfecto para aprender a tolerar la frustración. Nos enseña que

el verdadero fracaso no radica en caer derrotado, sino en bajar los brazos antes de tiempo.

Todo esto no es solo teoría de libros de filosofía; es la pura realidad del barro que defendemos con uñas y dientes en nuestra Plataforma de Fútbol Formativo, gracias al libro de Guillem Turró: “Ética del deporte”.

Como bien nos dice nuestro experto Javier Vidales, el fútbol es un maestro implacable porque, en el fondo, es “la vida, pero a cámara rápida”.

Fíjate en cómo lo enfocan los grandes del deporte. El tenista Stanislas Wawrinka lleva tatuada en su brazo una frase del escritor Samuel Beckett que es un auténtico himno a la resiliencia:

“Da igual. Prueba otra vez. Falla otra vez. Falla mejor”.

Y en la mismísima entrada de la pista central de Wimbledon están grabados los versos de Rudyard Kipling. Exigen a los deportistas que traten al triunfo y a la derrota como lo que realmente son: dos impostores idénticos.

Pero, ¿cómo bajamos esta épica a nuestro entrenamiento de los martes por la tarde? ¿Cómo conviertes tu equipo en este “laboratorio de vida”? Aquí tienes tres formas de transformar los peores momentos del juego en las mejores herramientas educativas:

  • El error garrafal no es una herida, es información: Como nos exige Alberto Martín Barrero, responsable metodológico del Real Betis, debes llevar a los niños constantemente a situaciones donde puedan equivocarse. Porque “si no hay error, no hay aprendizaje”. El fallo es el peaje obligatorio para construir un jugador autónomo.
  • La goleada en contra como prueba de fuego: Piensa en el testimonio de Alina Sandu. Una madre de nuestra Plataforma cuyo hijo (portero) encajó 9 goles en un partido. En un caso así, la victoria no tiene nada que ver con el marcador. La victoria real es enseñarle a ese niño a levantar la cabeza. A validar su esfuerzo y lograr que vuelva a entrenar el lunes con ganas de ser mejor.
  • El “VAR” de la realidad: Apóyate en la sabiduría del histórico formador marbellí Sito. Él nos insiste en que “el niño debe de fallar. Y cuando falla… tienes que hacerle ver que el fallo está dentro del juego y está dentro de la vida”. Quítale hierro al asunto. Un pase mal dado no es el fin del mundo, es la excusa perfecta para aprender a pedir de nuevo el balón.

Es normal que al inicio te cuesta ver a tus jugadores frustrarse. Lo importante es que ya estás dando pasos para cambiar su mentalidad. Lo que me salvó a mí de sufrir en la banda fue entender que no estamos ahí para coleccionar copas de plástico los fines de semana. Estamos ahí para preparar a estos chicos para las inevitables hostilidades de la vida adulta.

Tú tienes en tus manos el mejor simulador del mundo. Créeme, cuando ese niño o niña crezca y tenga que afrontar una mala nota en la universidad, un problema familiar o un revés laboral, la resiliencia que forjó en tu campo de barro será su mejor salvavidas.

¿Qué vas a decirle a tus jugadores la próxima vez que la pelota no llegue por donde esperaban?

El fútbol como laboratorio de vida.

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