El fútbol real. Cuando yo empezaba a entrenar, me ponía nervioso si veía a mis jugadores charlando entre ellos mientras bebían agua. Pensaba: “Están perdiendo el tiempo, estamos aquí para trabajar”.
Si terminaba el entreno y se quedaban tirados en el césped haciendo bromas, les metía prisa: “Venga, a la ducha rápido que nos cierran”.
Creía que mi trabajo solo contaba mientras el balón rodaba y yo daba órdenes.
Pero escuchando a Raúl Horacio Gómez, me he dado cuenta del error garrafal que cometía.
Él explica que las instituciones (y los entrenadores) estamos obsesionados con lo “visible”: ejercicios perfectos, mucha intensidad, muchos niños haciendo lo mismo a la vez.
Pero despreciamos lo “invisible”: esos momentos “tontos” donde los niños simplemente están juntos sin hacer nada “productivo”.
Y resulta que ahí, justo cuando tú dejas de dirigir, es donde nace el verdadero equipo.
El fútbol real
Lo que pasa cuando el entrenador no mira
Raúl pone el ejemplo de 6 chicos tomando un té tranquilos frente a una clase masiva de 80 personas. Dice que en ese grupo pequeño pasa algo culturalmente enorme.
En tu equipo pasa lo mismo.
• El pase al hueco se entrena en el campo.
• Pero la confianza para dar ese pase se gana en la merienda de después.
Si tus jugadores solo se ven para recibir órdenes tuyas, son compañeros de trabajo. Si tus jugadores tienen tiempo para charlar, reírse y “perder el tiempo” juntos, se hacen amigos.
Y te aseguro un dato real: un amigo corre para corregir el fallo de otro amigo. Un compañero de trabajo, a veces, no.
Eso que llamamos “química de equipo” no se fabrica en tus entrenamientos de táctica. Se obtiene en esos ratos libres que a veces los adultos despreciamos porque “no son fútbol”.
Deja de cronometrarlo todo
Vivimos con prisa. El padre llega pitando con el coche, suelta al niño, entrena 90 minutos y se lo lleva pitando a hacer los deberes.
Raúl nos avisa: estamos matando la parte social del deporte.
Un club no es una fábrica de futbolistas. Es un lugar de pertenencia.
Como dice Juan Bañasco en nuestro Manifiesto, el club debe ser un “refugio”.
Si eliminamos esos ratos de vestuario, de grada o de bar porque “no son eficientes”, estamos robándole al niño la mitad de la experiencia. Y encima, estamos creando equipos fríos que se rompen en cuanto el partido se pone difícil.
3 Herramientas para entrenar “lo invisible”
Aquí no necesitas conos ni pizarras. Necesitas fomentar el roce.
1. El “Tercer Tiempo” Sagrado (Para Directivos y Padres)
Copiemos esto del rugby, por favor.
Institucionaliza que, una vez al mes (o a la semana), después del partido nadie se va a casa corriendo. Cada niño trae un bocadillo o una pieza de fruta y se quedan 20 minutos sentados en el césped o en la grada comiendo juntos.
Sin móviles y sin padres encima. Solo ellos hablando de sus cosas. Ahí se ganan ligas.
2. Llegar 15 minutos antes (Para Entrenadores)
El vestuario es su santuario.
Pide a tus jugadores que lleguen un poco antes, pero no para calentar. Diles: “El vestuario es vuestro. Poned música, charlad, contadnos qué tal el cole”.
Tú te quedas fuera o en un segundo plano. Deja que ellos creen sus propias normas y sus bromas internas. Eso es cohesión.
3. El Día Sin Fútbol (Para Todos)
A veces, para jugar mejor al fútbol, hay que dejar el balón en casa.
Una vez al trimestre, organiza una actividad que no tenga nada que ver con el deporte. Ir al cine, una excursión al campo o una comida de equipo.
Ver al compañero en otro contexto rompe barreras. El defensa duro de repente es el que cuenta los mejores chistes. Esos lazos luego son irrompibles en el campo.
Conclusión
No te obsesiones solo con lo que pasa dentro de las líneas de cal.
Lo “invisible”, esos ratos de risas y bocadillos, tiene un valor incalculable. Como entrenador o padre, tu trabajo también es facilitar esos espacios.
Porque al final, los niños no recordarán el ejercicio de posesión del martes. Recordarán las risas en el vestuario con sus amigos. Y curiosamente, eso es lo que les hará jugar mejor el sábado.
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