El permiso para fallar

El permiso para fallar: La competición es un laboratorio de vida.

El permiso para fallar. Hace poco llegó a mis manos un vídeo que me encogió el corazón y, al mismo tiempo, me llenó de esperanza. Era el caso de un niño llamado Nico. Le tocaba entrar al campo en un partido de máxima tensión. En su primera intervención, perdió el balón y, de inmediato, escuchó ese temido murmullo de desaprobación bajando desde la grada.

A través de la pantalla podías ver cómo Nico se rompía por dentro. Bajó la cabeza, sintió que confirmaba su peor miedo (“no valgo para esto”) y empezó a jugar completamente atenazado. Estaba sufriendo un colapso psicológico en directo.

Pero entonces ocurrió la magia. Su entrenador lo llamó a la banda y, en lugar de corregirle la técnica o echarle la bronca por la pérdida, le dio la llave maestra del aprendizaje: le dio permiso para fallar. Le dejó clarísimo que seguir intentándolo era infinitamente más importante que no equivocarse. Nico volvió al campo, levantó la cabeza y volvió a arriesgar. Ese entrenador no le enseñó a dar un pase; le enseñó a ser fuerte.

Te confieso que, al ver esto, me pregunté: ¿Cuántos talentos y cuántas autoestimas estamos destrozando por exigir perfección a niños que están aprendiendo a vivir?

El permiso para fallar

El permiso para fallar

A menudo, desde un proteccionismo mal entendido, intentamos evitar que los niños compitan para que no se frustren. Sin embargo, el doctor Jordi Osúa nos regala en su obra una visión brillante y sanadora: la competición no es una guerra, es un laboratorio.

Citando al pensador Walter Benjamin, Osúa nos explica que el deporte crea “una còpia reduïda del món”. Es decir,

un escenario seguro y controlado donde el niño puede enfrentarse a la presión, a la crítica y al fracaso sin que las consecuencias destruyan su vida real.

Si Nico pierde un balón y el equipo encaja un gol, la consecuencia es deportiva, no vital. Es el ecosistema perfecto para que ensayen cómo levantarse después de caer.

Esta idea de abrazar el fallo está grabada a fuego en el ADN de los expertos de nuestra Plataforma de Fútbol Formativo. Si queremos formar jugadores inteligentes y autónomos, tenemos que desterrar el miedo.

Alberto Martín Barrero, desde su experiencia en el Real Betis, nos lanza una advertencia rotunda:

debemos diseñar tareas que lleven al niño constantemente al límite para que se pueda equivocar, porque “si no hay error, no hay aprendizaje”.

Si el niño no falla, solo está obedeciendo órdenes como un robot.

Por su parte, el histórico formador marbellí Sito nos recuerda nuestra verdadera misión cuando un chico agacha la cabeza:

“El niño debe de fallar y cuando falla… tienes que hacerle ver que el fallo está dentro del juego y está dentro de la vida”.

Y para lograr esto, el psicólogo Alex Anderez nos insiste en que nuestro rol es ayudarles a cambiar sus pensamientos, transformando el error en una simple oportunidad de mejora.

Saber la teoría es fácil, pero cambiar la cultura de un vestuario requiere valentía. ¿Cómo conseguimos que nuestros chicos dejen de tener pánico al murmullo de la grada? Aquí tienes tres herramientas prácticas para aplicar hoy mismo:

  • Otorga el “permiso para fallar” en voz alta: No des por hecho que lo saben. Antes del partido, mírales a los ojos y diles: “Hoy quiero que arriesguéis. Si perdéis el balón por intentar algo valiente, la culpa es mía, no vuestra. Tenéis mi permiso absoluto para equivocaros”. Quítales la mochila de la perfección de los hombros.
  • Diseña tareas con decisiones reales: Huye de las filas donde los niños repiten un pase sin oposición. Crea juegos reducidos donde haya caos, donde el jugador se exponga a perder el balón o a desordenarse. Convierte tu campo de entrenamiento en ese laboratorio de error del que habla Osúa, donde la equivocación está prevista y tolerada.
  • Cambia el castigo por la reflexión guiada: Cuando un portero encaje un gol por un error suyo (como en la historia que compartimos al inicio), no le grites desde la banda. Acércate y pregúntale: “¿Qué has visto en esa jugada? ¿Qué podemos intentar hacer diferente mañana?”. Convierte el fallo en información útil y no en una herida personal.

Recuerda siempre esto: la verdadera victoria el domingo no es ganar el partido por goleada. La verdadera victoria es ver a un niño que acaba de cometer un error garrafal, levantar la cabeza, pedir el balón de nuevo y volver a intentarlo con una sonrisa.

El permiso para fallar.

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