El problema en el fútbol son los padres

El problema en el fútbol son los padres

El problema en el fútbol son los padres que piensan que tienen un “Crack” y sueñan en un gran futuro lleno de éxitos

Hoy es sábado por la mañana. El equipo juega un importante partido contra un rival cercano. Hay muy buen ambiente en el campo y a los niños se les ve muy ilusionados. No hay ninguna baja. Están todos.

Dicen que el problema en el fútbol son los padres. Sin embargo lo que podemos ver son padres, siempre sacrificados por el deporte de su hijo. Llevan una hora esperando el inicio del partido. Es un protocolo habitual donde el padre es capaz de todo por su hijo, pasando frío, buscando campos por toda la ciudad, levantándose en el fin de semana muy pronto, sufriendo en cada partido…

Empieza el partido y, desgraciadamente, nos meten un gol. No pasa nada, queda mucho tiempo, no están jugando mal, ha sido un despiste. Vamos a ver si remontan el partido. El equipo está muy bien trabajado y se posiciona perfectamente. Poco a poco va tomando la iniciativa y llega el gol del empate. Nos lo merecíamos.

Estamos ya en el final del partido. Nos han metido un gol y no hay forma de remontarlo. Hemos fallado hasta un penalti. El equipo contrario está pidiendo la hora porque ve que en cualquier momento marcamos. Hay bastante nerviosismo en los jugadores de ambos equipos pero el partido se está jugando con mucha deportividad.

De repente, sin venir a cuento, tras una perdida de balón, uno de nuestros jugadores le da una patada por detrás a un contrario. En todo el campo se escucha el golpe seco de la bota impactando en la pierna del contrario que cae al suelo inmediatamente. El público, que ya estaba nervioso, grita enfadado. El árbitro no duda en sacarle tarjeta amarilla (en otra categoría sería roja).

Normalmente las reacciones del entrenador del equipo agresor siempre son bastante insuficientes. En el trance del partido, uno tiende a ser demasiado parcial en sus juicios y, en lugar de cortarlo por lo sano, procura no darle importancia al asunto cuando lo tiene y además mucho. Normalmente suele proteger a su jugador argumentando que ha sido sin querer o que no lo ha visto bien.

El juego continúa y aquí parece que no ha pasado nada. Pero, por suerte, junto al entrenador estaba el delegado que, con un poco más de sentido común, actúa de inmediato sacando al jugador del campo. Un jugador con una actitud así no debe estar en el campo nunca, hasta que corrija sus formas de actuar.

El entrenador se sentó junto al niño y le hizo una carantoña. Teniendo en cuenta que no es la primera vez que ocurría y sabiendo que es un problema grave de su carácter, quizá el entrenador podía haber hecho algo más. Después de darle ánimos, es bueno a los niños decirles la verdad. No engañarles porque puede pasar que, ante el desconcierto, opine que lo que hace no está tan mal. Hay que dejarle claro que es muy grave y que uno está disgustado con su actitud. No decepcionado porque siempre hay que transmitirle que confiamos en él para que mejore en ese aspecto.

El delegado, al ver que el entrenador no le había dejado claro la maldad del hecho, dedicó un tiempo a charlar con el niño con firmeza. Quizá no es el momento de decirle muchas cosas. Algo sí, pero hay que tener cuidado de no enfadarse en esos momentos y comentar cosas de las que luego te puedes arrepentir. En ese momento, el niño no tiene tampoco capacidad de recepción elevada y es mucho mejor esperar 24/48 horas antes de hablar en serio con él.

Normalmente, al dejar pasar el tiempo, la cosa se enfría y el entrenador, que siempre llega justo al entrenamiento, que termina con poco tiempo para nada, abandona la posibilidad de poder charlar de forma individual con el jugador y analizar el suceso, dándole la importancia que tiene. Perdemos muchas oportunidades de corregir a nuestros jugadores y, por lo tanto, de ayudarles a mejorar como personas a través de las situaciones cotidianas que nos ofrece el fútbol.

Acabado el partido, la madre del niño agresor se acerca al delegado para aclararle que el niño había cometido la falta de forma involuntaria. El delegado queda sorprendido porque la madre nunca había actuado de esta forma, con invasión de campo incluida, al finalizar el partido. Parecía indignada con la situación y quizá algo descontrolada. El niño está pasando un mal momento pero hemos de pensar que el que la hace la paga y eso es bueno para nuestro hijo. Es un error apoyarle en ese momento porque lo que ha hecho está mal. Si le protegemos, pensará que lo puede seguir haciendo. Todo vale porque mis padres me protegen siempre.

Cuando un padre salta por una presunta injusticia y no se controla acaba estropeando la situación un poco más y se dicen cosas que luego te puedes arrepentir. Por eso, el delegado, con bastante acierto, en lugar de responderle y seguir su discurso, le aconsejó que estuviera tranquila y que esperara al lunes para charlar con el coordinador. La situación el lunes es muy diferente, las cosas se ven ya con otras gafas más adecuadas.

Cuando un club de fútbol trabaja claramente como escuela formativa, es necesario que los padres apoyen y confíen completamente en sus entrenadores. Ellos saben lo que tienen que hacer y nunca hay que ponerlo en tela de juicio porque eso hace mucho daño al niño que no sabe a quién debe hacer caso cuando juega al fútbol. Lo que le diga el entrenador pierde valor si no lo apoya ciegamente el padre.

En este caso, la actitud positiva para el niño agresor es encontrarse luego a su padre dándole un  buen tirón de orejas por su conducta. De esta forma, muchas de las actitudes de los niños serían diferentes y los entrenadores se encontrarían con menos problemas de los que hay en la actualidad. El problema del niño son los padres. El niño lo entiende todo: entiende si el entrenador hace jugar a uno o a otro, reconoce si el compañero es mejor. No tiene la mente malvada. En cambio el padre mete presión, grandes expectativas, y la mayoría no pueden cumplirlas.

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