Fútbol formativo: equipo celebrando el Mundial con juego limpio y trabajo en equipo

Este Mundial nos ha enseñado a ganar de otra manera

No teníamos pensado escribir hoy. Pero hay domingos en los que la vida —o en este caso, un Mundial— nos obliga a coger el teclado. Llevamos años repitiendo, en esta Plataforma de fútbol formativo, que el resultado no puede ser lo único que importe. Que un niño no vale lo que marca el marcador. Y muchas veces nos han mirado con cara de “eso está muy bien decirlo, pero el fútbol de verdad no funciona así”. Pues bien: este Mundial nos ha dado la razón. Nos ha enseñado que se puede llegar arriba jugando limpio, unidos y con los pies en el suelo. Para quienes cada domingo peleamos contra el resultadismo en una grada de categoría benjamín, esto no es un detalle menor. Es una prueba.

Fútbol formativo: se puede ganar sin hacer trampas

Empecemos por lo más sencillo, aunque no lo parezca. Guillem Turró, doctor en filosofía y estudioso de la ética deportiva, lo explica así de claro.

“Si hablamos de fair play, una expresión inglesa que alude a juego justo, juego noble, juego limpio, encontramos el respeto al contrincante, al rival. Nunca debemos considerarlo un enemigo, sino un compañero, un colaborador sin el cual no habría juego” — Guillem Turró

Eso, que suena a teoría, se ha visto este verano en cada saludo al rival caído y en cada gesto sin humillación ante el que pierde. Daniel Dos Santos dirige clubes de fútbol base en Atlanta. Cuenta que jamás permite una goleada humillante a sus equipos. Además, exige a sus jugadores saludar siempre al rival: “es un ejemplo de vida”, dice. Y Jorge Barrera va al fondo del asunto: “el dar la mano a los compañeros del otro equipo es obligatorio, o sea, todos tenemos que saber que si me han ganado, es porque el otro equipo ha hecho las cosas bien, mejor que yo, ya está.” Así de simple se le puede explicar esto a un niño de nueve años el próximo lunes en el entrenamiento. No se saluda al rival porque toque: se saluda porque sin él no habría juego.

Once personas, un solo sueño

Lo segundo que nos ha regalado este equipo campeón es algo que en el fútbol base sabemos que cuesta mucho más de lo que parece: jugar sin egos. Perico Herraiz lo describe con una imagen preciosa.

“Cuando un equipo sueña realmente como tiene que hacerlo, como una familia, al final sueñan todos juntos, no tiene un sueño individual, no dejan a nadie atrás, comparten el éxito, se apoyan también cuando hay un fracaso” — Perico Herraiz Zaragoza

Michael Paule Carrés ha trabajado la metodología de valores en la cantera del Real Madrid. Pone el ejemplo de los grandes equipos que han entendido “que el bien común de todos es más importante que el bien individual” de la estrella de turno.

Gracias, Luis de la Fuente

Y aquí queremos decirlo alto y claro, sin rodeos: gracias, Luis de la Fuente. Porque no se ha limitado a hablar de valores, los ha demostrado con hechos delante de todo el mundo. Ha construido un equipo sin estrellas por encima del grupo. Protegió a sus jugadores de la presión mediática, gestionó los triunfos sin soberbia y afrontó las dificultades sin buscar culpables. Lo ha hecho en el escenario más exigente que existe. Es exactamente lo que defendemos en esta Plataforma de fútbol formativo: que se debería hacer lo mismo en el campo de tierra de cualquier pueblo, un sábado por la mañana. Si alguna vez un padre o una madre nos pregunta si esto de formar antes que fichar es compatible con ganar, ya tenemos una respuesta: un nombre.

Cuando lo único que importa es el resultado, pierde el niño

No podemos hablar de este Mundial sin nombrar también su reverso, porque es el que vivimos cada fin de semana en los banquillos de base. Luis Cantarero, psicólogo y antropólogo, lleva años advirtiendo sobre lo que él llama el “fútbol industrial”.

“Es una cadena de montaje donde uno empieza con cinco años, va pasando etapas y si por el camino hay daños colaterales, no les importa a los grandes negociantes, lo que les importa es que hay un partido que lo vean veinte millones” — Luis Cantarero Zaragoza

Víctor Manuel López lo resume de forma aún más incómoda: cuando lo único que importa es el resultado, “justificamos todo porque lo único que nos importa es el resultado y el rendimiento.” Y Amparo Aparisi nos recuerda el precio que pagan los niños por esa presión: “cuanto más presión hay, más resultadista es el entorno, más miedo se genera en los niños… les quema el balón en el pie.”

La idolatría que sí se puede medir

Esta es exactamente la idolatría de la que hablábamos hace unas semanas: la obsesión por producir, por rendir, por parecer. En lugar de dar sentido a lo que hacemos, acaba adormeciendo nuestra conciencia y reduciéndonos a nuestra utilidad.

Y no es una frase bonita sacada de un libro: este Mundial se puede medir. Solo en la fase de grupos, la propia FIFA tuvo que activar un servicio de protección para frenar el aluvión de odio contra los jugadores. Detectó 89.000 publicaciones abusivas verificadas, trece veces más que en la cita anterior. Ocultó más de dos millones de comentarios por su gravedad, y derivó más de un centenar de casos a la vía legal.

Detrás de cada una de esas cifras hay un futbolista al que se juzga no por quién es, sino por lo que rinde. Si marca, es un ídolo. Si falla un penalti, es un blanco. Ese es el fondo del asunto que no queremos maquillar. Cuando el valor de una persona depende de su rendimiento, de su marca personal o de cuánto gusta en redes, deja de ser persona. Pasa a ser mercancía. Ese mismo mecanismo, en pequeño, es el que reproducimos cada domingo. Juzgamos a un niño de once años por el resultado del partido, o medimos cuánto vale por los minutos que juega.

Por eso insistimos tanto en esto, aunque a veces incomode. Nuestro deseo de verdad y de felicidad necesita un horizonte más grande que el marcador o los seguidores en redes. Si reducimos al futbolista —o al niño que sueña con serlo algún día— a su rendimiento y a su imagen, le robamos lo más importante. Le robamos justo lo que el deporte debería darle: sentido, comunidad, crecimiento como persona. Lo bonito de este Mundial es que, en paralelo a todo ese ruido, ha demostrado que existe otro camino. En el escaparate más grande que existe, se puede competir al máximo nivel sin caer en él.

Lo que de verdad deja el fútbol formativo

Y llegamos a lo más importante. Los jugadores que han vuelto de este Mundial no vuelven solo con una copa. Vuelven transformados por una experiencia que se les va a quedar dentro para siempre, y eso es precisamente lo que defendemos desde el primer día en el fútbol formativo. Juan José Rodríguez Morales, director deportivo de una escuela de fútbol, lo dice de una forma que deberíamos colgar en la puerta de cada vestuario: “el niño no sabemos si el día de mañana va a ser futbolista, la única certeza es que va a ser persona, entonces la formación debe ser integral, completa. La escuela de fútbol es una escuela de vida.” Y David Llopis, psicólogo deportivo, lanza la pregunta que de verdad importa.

“¿Qué huella quieres dejar? Los recuerdos no vienen de aquella liga que gané, sino por lo que viví” — David Llopis

Noruega, Cabo Verde y Japón: héroes sin ganar

Por eso Noruega, Cabo Verde y Japón —entre otros muchos equipos— volvieron a casa como héroes aunque quedaran eliminados. En Oslo, decenas de miles de personas llenaron las calles para recibir a una selección que solo había llegado a cuartos de final. En Praia, la afición de Cabo Verde recibió a sus jugadores como si hubieran ganado el torneo, después de la campaña más histórica de su historia.

Japón, eliminado por Brasil en dieciseisavos, se despidió del Mundial haciendo una profunda reverencia a su afición en las gradas de Houston. Es un gesto de agradecimiento que forma parte de su cultura. Horas después, miles de aficionados esperaban a los jugadores en el aeropuerto de Tokio. Los recibieron entre banderas y cánticos, como si volvieran con la copa bajo el brazo.

Ninguno de estos tres países ganó el Mundial. Los tres volvieron a casa como campeones. Lo que sus países premiaron no fue el resultado, sino la actitud, el esfuerzo y la dignidad con la que compitieron.

Y por eso España compite, además, desde una idea de juego que se enseña y se transmite, no solo desde el talento suelto. Jordi Osua insiste en que, antes que nada, “el club es como un refugio de identidad”. David Llopis añade algo que todo directivo de club debería tener presente: “en los clubs profesionales una cantera no está para tener resultados.” Esa es la base sobre la que se construye lo que hemos visto este verano: no un milagro, sino el fruto de años de formación bien entendida.

Gracias, España

Esta victoria no es un regalo, es una demostración. De que se puede jugar limpio y llegar arriba. De que se puede ganar con la cabeza alta y el corazón tranquilo. La elegancia de la que hablamos no se aprende solo en los entrenamientos técnicos: se cultiva formando personas antes que resultados. Cada saludo al rival caído, cada aplauso sin humillar, cada gesto de un equipo que ha jugado como una familia y no como once individualidades: todo es la prueba. Lo limpio, lo unido y lo respetuoso también puede vencer. Y en una época que a veces premia lo feo, eso no tiene precio.

Gracias, España, porque nos habéis dado permiso para seguir creyendo. Para creer que lo bueno también puede ser fuerte, que lo hecho con valores también puede llegar hasta el final. La copa es vuestra. La lección es de todos.

Y ahora la pregunta nos la hacemos a nosotros mismos, entrenadores, familias y directivos: ¿estamos dispuestos a exigir en nuestro campo de cada sábado la misma dignidad que hemos aplaudido este verano en la televisión?

Este artículo no habría sido posible sin las voces de Guillem Turró, Daniel Dos Santos, Jorge Barrera, Perico Herraiz Zaragoza, Michael Paule Carrés, Luis Cantarero Zaragoza, Víctor Manuel López, Amparo Aparisi, Juan José Rodríguez Morales, David Llopis y Jordi Osua, y de todos los demás expertos y expertas que, entrevista a entrevista, siguen construyendo con nosotros esta Plataforma. Gracias a todos ellos.

Si compartes esta idea de que el fútbol formativo debe proteger a la infancia por encima del marcador, te invitamos a firmar el Manifiesto de la Plataforma.

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