Hace unas semanas, Nico Williams pasó por un bajón. Se notó en redes, se notó en su cara. Y lo que hizo Luis de la Fuente no fue mandarle un vídeo táctico ni corregirle un desmarque. Cogió el teléfono, habló con él y le recordó que estaba preparado. Poco después, la actitud del jugador cambió por completo. Eso es gestionar personas, no plantillas.
No es una anécdota menor. Es el resumen perfecto de algo que llevamos años defendiendo en la Plataforma. Y en este Mundial 2026 lo hemos visto con una claridad pocas veces vista, en tres selecciones distintas y con tres estilos distintos. Ninguno de los tres es «el bueno» por encima de los demás. Los tres apuntan, cada uno a su manera, al mismo sitio: el entrenador que también educa.
Luis de la Fuente: acompañar durante años, no durante una temporada
Lo primero que llama la atención de De la Fuente es el tiempo. No habla de sus jugadores como una plantilla de esta convocatoria, habla de vínculos de diez, once, doce años. Sobre esa relación ha dicho que «trasciende lo profesional, casi diría que es de padre a hijo». Y sobre Lamine Yamal ha sido igual de explícito: su relación «está un poco en el nivel paternal, porque hay que acompañarle en esa formación».
Esto no es un rasgo de carácter simpático. Es la base de cualquier relación entrenador-jugador que funcione. Marcos Tubio, entrenador de hockey en el FC Barcelona, lo dice sin rodeos: «para mí formar personas es una misión, y las misiones duran mucho más que las categorías».
Pere Alaustré, psicólogo del deporte, va todavía más al fondo: «el entrenador que se preocupa por vincularse inicialmente, conseguir un vínculo primero con los niños, es el que después consigue esa conexión». El vínculo no es la consecuencia del buen trabajo técnico. Es la condición para que ese trabajo llegue a alguna parte.
Diego Aguirre, formador chileno, lo cuenta desde el otro lado, el del jugador que fue. Recuerda con nitidez a «un entrenador distinto que se preocupaba de la persona, que te daba esa confianza». Treinta años después, ese sigue siendo el recuerdo que le queda. No el resultado de aquel campeonato.
Trasladado a un entrenamiento de alevines, esto significa algo muy concreto. No hace falta esperar a fin de temporada para preguntarle a un chaval cómo le va fuera del campo. Y ese vínculo no se construye en la charla de quince minutos antes del partido, sino en los trescientos sesenta y cinco días en los que ese chaval sabe que su entrenador se acuerda de él.
Lionel Scaloni: cuando la familia entra en la concentración
Tras la goleada inicial de Argentina, Scaloni hizo algo que en otras épocas hubiera sonado a herejía. Organizó un «Family Day»: entrenamiento suave por la mañana y, después, la delegación abierta para que los jugadores comieran, nadaran y pasaran la tarde con sus familias. En pleno Mundial decidió que el descanso mental era parte de la estrategia, no una distracción.
Marcos Tubio describe exactamente este rol cuando habla del entrenador actual: «no solamente entrena en el campo, sino que tiene que hacer esta labor de cohesión del grupo, de las familias, de todos». No es un añadido al trabajo del entrenador. Es parte del trabajo.
Y hay una razón de fondo. Teresa Martínez, docente vinculada al deporte formativo, lo explica con una frase que deberíamos colgar en cualquier vestuario: «el rendimiento no es sostenible si no hay bienestar. Hay que apostar por un desarrollo integral y a largo plazo para que no nos carguemos a los niños y niñas, o les quememos, o hagamos que lo abandonen».
Scaloni gestiona el descanso de futbolistas de treinta años en un Mundial. Nosotros gestionamos el de chavales de doce que entrenan tres días por semana y tienen examen el lunes. La lógica es idéntica. Por eso conviene abrir el club a las familias, no cerrarlo: una charla trimestral, un día de puertas abiertas, un espacio donde padres y madres no sean «el problema de la grada» sino parte del ecosistema del equipo.
Marcelo Bielsa: convencer, no imponer
Uruguay se fue pronto de este Mundial, y es tentador pensar que eso invalida su modelo. No lo creemos. Precisamente porque este artículo no habla de resultados, sino de cómo se gestionan personas, Bielsa sigue siendo un referente obligado. En su ponencia para la RFEF dedicó buena parte del tiempo a hablar de «saber sobre seres humanos que juegan al fútbol» e insistió en que no hay nada más importante que «la unión de los jugadores». Esa unión, para él, es un objetivo en sí mismo.
Esto conecta con algo que hemos escuchado una y otra vez en nuestras entrevistas. Gorka Azpeitia, entrenador y maestro de educación física, lo resume así: «una de las cosas que está saliendo mucho es no imponer cosas, sino convencer, porque es cuando te ganas a las personas. Para mí es cuidar a las personas». Jesús Vázquez, con diecisiete temporadas como futbolista profesional, coincide casi palabra por palabra: «nuestra misión es intentar convencer, no imponer».
Sonia Kliass, psicóloga especializada en desarrollo infantil, explica por qué esto funciona mejor que la autoridad de toda la vida. Un niño «delega en esta persona una autoridad porque confía, porque ve que es una persona que sabe. No el autoritarismo cuando hay un abuso del poder, sino una autoridad natural».
Ángel Andrés Jiménez, profesor e impulsor de «Cero Violencia en 90 minutos», cuenta algo que deberíamos perder el miedo a hacer más a menudo. Un entrenador que pide perdón a sus jugadores cuando se equivoca «gana mucho liderazgo, porque las personas saben que yo soy la máxima autoridad, pero no soy Dios».
Además, la cohesión puede ser un objetivo explícito y no solo una consecuencia. Jesús Tineo «Sito», referente del fútbol formativo en Marbella, lo plantea así: «si tengo un grupo que no está cohesionado, a lo mejor el resultado para mí es cuando termine el partido, el equipo es más equipo». Ganar el partido y unir al grupo no compiten por el mismo tiempo de entrenamiento. Pueden ser la misma cosa.
Gestionar personas no es renunciar a exigir
Si hay un malentendido que nos gustaría desmontar es este: pensar que un entrenador cercano es, por definición, un entrenador blando. Los tres modelos lo desmienten. De la Fuente exige un Mundial. Scaloni exige defender el título. Bielsa exige un nivel de compromiso táctico altísimo. Ninguno ha renunciado a exigir por acercarse a sus jugadores.
Daniel Dos Santos, con casi treinta años dirigiendo clubes de formación, lo dice con una claridad que nos gusta mucho: «soy exigente, pero creo un ambiente muy familiar, de mucha confianza, en donde el jugador se puede expresar a favor o en contra siempre que haya respeto».
Y Gorka Etxeberria, director técnico de una academia en San Sebastián, cierra la idea: «nadie habla de o somos buenos o ganamos. No. Queremos ganar siendo buenos en los dos sentidos de la palabra». Ese es el perfil de entrenador que buscamos. No el que elige entre exigencia y cuidado, sino el que entiende que uno sostiene al otro.
La próxima vez que pises un entrenamiento, quizás la pregunta no sea solo qué ejercicio toca hoy. Sea también: ¿sabes cómo llegó cada uno de esos chavales al campo?
Gracias a Marcos Tubio, Pere Alaustré, Diego Aguirre, Teresa Martínez, Gorka Azpeitia, Jesús Vázquez, Sonia Kliass, Ángel Andrés Jiménez, Jesús Tineo, Daniel Dos Santos y Gorka Etxeberria, expertos de nuestra Plataforma.
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