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Los gestos que educan: cinco escenas del Mundial 2026 para llevar al vestuario

Hay un instante del partido que casi nunca entrenamos. Suena el silbato final, el marcador ya no se puede cambiar y los niños se quedan quietos en medio del campo. No saben qué hacer con las manos. Unos miran al suelo. Otros buscan a su padre en la valla. Alguno llora y preferiría que nadie le viera. Desde el banquillo, muchas veces nosotros tampoco sabemos qué decir. Ese hueco incómodo de treinta segundos es, en realidad, el momento más educativo de toda la mañana. Y este verano el Mundial nos ha regalado varios gestos que educan justo ahí, cuando ya no queda táctica que valga.

Queremos contarlos con nombre, con contexto y con una lectura práctica. No como anécdota bonita para compartir un domingo. Como material de trabajo para el lunes.

Por qué un gesto vale más que veinte minutos de charla

Daniel Dos Santos dirige clubes de fútbol base en Atlanta. Lleva más de treinta años en el fútbol formativo y lo explica sin rodeos.

“Tú puedes dar una disertación de 20 minutos y nadie se acuerda de lo que dijiste. Pero un gesto que hiciste, una acción, se queda de por vida” — Daniel Dos Santos

Por eso los gestos que educan pesan tanto. No se argumentan: se ven. Y por eso también conviene ser exigentes con lo que celebramos. Un gesto vale cuando ocurre bajo presión, con el resultado ya decidido y el futbolista emocionalmente expuesto. No cuando forma parte de una campaña pensada para redes.

Michael Paule Carrés, director de metodología de la cantera de fútbol 7 del RCD Espanyol, propone el paso que casi siempre nos saltamos. Define el valor y, después, define las acciones que lo representan.

“No solo tener el valor definido con nuestras palabras, sino también cuáles son acciones que nosotros cogemos como representativas de ese valor. ¿Qué significa ser una persona respetuosa? Pues es dar la mano al árbitro después del partido” — Michael Paule Carrés

Así que empieza por ahí. Escribe en la pizarra del vestuario tres acciones observables del respeto en tu equipo. Que quepan en una línea. Que un niño de nueve años pueda repetirlas de memoria.

Mbappé y Hakimi: al rival también se le puede querer

Cuartos de final. Francia elimina a Marruecos por 2-0 y Kylian Mbappé es la figura del partido. Cuando termina, no corre hacia la cámara. Se abraza con Achraf Hakimi, su excompañero en el PSG, y también con Bounou y con Brahim Díaz. No hay discurso. Hay dos amigos y un resultado que los ha separado durante noventa minutos.

Ese es el punto que más nos cuesta trasladar a un campo de barrio. Marcos Tubio, entrenador de hockey en el FC Barcelona, señala el problema con una precisión incómoda.

“El rival es el enemigo y sigue siendo enemigo cuando acabó el partido. Esas palabras hay que erradicarlas. No es enemigo, es el rival. Son personas como tú y como yo” — Marcos Tubio

Tubio nos recuerda además que en Argentina el tercer tiempo es obligatorio en su deporte. El equipo local invita al visitante a comer algo al terminar. Los niños acaban hablando de cualquier cosa menos del partido. Es una idea que en la Plataforma llevamos tiempo defendiendo, porque el rival no es tu enemigo. Pruébalo una vez este mes: una fruta, diez minutos y los dos equipos mezclados.

Bellingham y Gilberto Mora: cómo se consuela a quien acabas de eliminar

Octavos de final. Inglaterra gana 3-2 a México en un partido durísimo. Gilberto Mora tiene diecisiete años y llora en el césped con sus compañeros. Jude Bellingham, el mejor de los suyos, se acerca, le abraza y le dice algo al oído. Mora le pide la camiseta. Bellingham acepta, le pide la suya y se despiden con un segundo abrazo.

Fíjate en el detalle: el ganador va hacia el que pierde. No espera a que el otro se recomponga. Va antes. María Nieto Sobrino, doctora e investigadora universitaria, nos habló de ese momento exacto. Lo situó en el coche, de vuelta a casa.

“¿Qué daño cerebral y emocional le hace el padre que usa esos primeros minutos para echarle una bronca táctica? En lugar de darle ese abrazo reconfortante” — María Nieto Sobrino

Aquí hay una tarea muy concreta para las familias. El trayecto en coche de vuelta a casa es vuestro tercer tiempo. Bellingham tardó cuatro segundos en hacer lo correcto. Nosotros tenemos veinte minutos de carretera y demasiadas veces los usamos peor que él.

Alemania y Curazao: un 7-1 no borra la dignidad del rival

Houston, 14 de junio. Alemania golea 7-1 a Curazao. Al terminar, Jonathan Tah y Felix Nmecha renuncian al intercambio de camisetas. Se sientan en el césped con varios jugadores rivales y forman un círculo de oración. Lo habían acordado antes del partido, pasara lo que pasara. “En el juego somos oponentes, pero después del partido todos somos hermanos”, explicó Nmecha.

Puedes compartir o no su fe. Eso no es lo relevante aquí. Lo relevante es que un marcador humillante no les impidió tratar al rival como a un igual. Y esa es una pregunta que sí nos toca de cerca: ¿qué hacemos nosotros cuando vamos ganando 6-0 en alevines? Dos Santos tiene la respuesta clara desde hace años.

“Yo no voy a permitir nunca una goleada de 7 a 0, 8 a 0, nunca lo voy a permitir. Es un ejemplo de vida” — Daniel Dos Santos

Él lo resuelve cambiando la consigna, no bajando los brazos. Mueve al delantero atrás, exige veinte pases antes de tirar, obliga a que marque quien menos marca. El equipo sigue trabajando y el rival conserva su dignidad. Nadie se aburre y nadie se humilla.

Irán: la carta que dejaron escrita en un vestuario vacío

Este es el gesto más silencioso de todos y quizá el que más nos gusta. Tras empatar a cero con Bélgica en Los Ángeles, la selección de Irán abandonó el estadio rumbo a México. Antes de salir, dejaron escrito a mano en la pizarra del vestuario un mensaje de setenta y cuatro palabras. Nadie iba a verlo hasta el día siguiente.

“Vinimos a Los Ángeles con orgullo, competimos con honor y nos vamos con dignidad. Gracias, Los Ángeles, por tu hospitalidad. Que la paz, el respeto y la amistad prevalezcan entre todas las naciones” — mensaje de la selección de Irán

Un gesto sin público es la prueba definitiva de un valor. Y se puede copiar mañana mismo, sin presupuesto. Cuando juguéis fuera, dejad el vestuario visitante mejor de como lo encontrasteis. Que un jugador escriba dos líneas de agradecimiento en la pizarra. Cuesta un minuto y enseña más que un cartel de “respeto” colgado en la valla.

España y Argentina: ganar sin humillar es más fácil que perder con dignidad

Llegamos al caso más difícil y no queremos contarlo a medias. En la final del 19 de julio, España ganó 1-0 a Argentina con un gol de Ferran Torres en la prórroga. En la entrega de medallas, los jugadores españoles formaron un pasillo de honor para el subcampeón. Messi recogió su plata el primero, llorando, en su despedida de los Mundiales.

Pero la escena tuvo una segunda parte. Durante la celebración española, varios jugadores argentinos se quedaron sobre el césped de espaldas al podio. No vamos a señalar a nadie desde el sofá. Al contrario: creemos que ahí está la lección más valiosa de todo el torneo.

Ganar sin humillar es relativamente fácil, porque la euforia te sostiene. Perder con dignidad, en cambio, es una destreza y hay que entrenarla. Nadie la improvisa a los treinta y ocho años delante de mil millones de personas. Si no la hemos trabajado en alevines, no aparecerá sola en una final.

Carlos Cuervo “Tato”, vicepresidente del CF Covadonga, lo lleva años repitiendo en su club.

“Lo más importante en el deporte es saber perder, saber ganar. Saber mantener la compostura en las buenas y en las malas” — Carlos Cuervo “Tato”

Ensáyalo cuando no duele. Después de un amistoso perdido, pide a tus jugadores que aplaudan al rival durante diez segundos. Sin ironía y sin prisa. Parece ridículo en septiembre. En mayo, cuando llegue la derrota que sí duele, el cuerpo ya lo sabrá hacer solo.

No todos los gestos valen igual: separa lo espontáneo del protocolo

Conviene hacer una distinción honesta con los niños. El pasillo de honor de España forma parte del protocolo de la ceremonia. El abrazo de Bellingham a Mora no lo pidió nadie. Los dos son valiosos, pero enseñan cosas distintas.

El protocolo nos protege cuando las emociones nos desbordan. Por eso existen las normas y por eso las cumplimos aunque no nos apetezca. El gesto espontáneo, en cambio, revela quién eres cuando nadie te obliga. Nuestro trabajo en el fútbol formativo consiste en usar el primero para llegar al segundo. Los gestos que educan de verdad empiezan siendo obligatorios y acaban siendo tuyos.

Jesús Vicente Ruiz Omeñaca es investigador de la Universidad de La Rioja y maestro de Educación Física. Trabaja esto con una herramienta que puedes usar el próximo martes.

“A veces trabajamos desde la clarificación de valores. Completa la siguiente frase: lo que más valoro en un adversario, una adversaria, cuando jugamos es…” — Jesús Vicente Ruiz Omeñaca

Reparte esa frase en un papel al acabar el entrenamiento. Recoge las respuestas y léelas en voz alta la semana siguiente, sin nombres. Te sorprenderá lo bien que definen el respeto los niños cuando nadie les está juzgando.

Gestos que educan en el fútbol formativo: cinco tareas para esta semana

Todo lo anterior se resume en cinco decisiones pequeñas. Ninguna necesita permiso de la federación ni presupuesto del club.

  • Enseña un vídeo de doce segundos y pregunta: ¿qué harías tú en ese momento? Deja que respondan antes de opinar.
  • Prohíbe la palabra “enemigo” en el vestuario y explica por qué la prohíbes.
  • Prepara el plan de goleada antes de que ocurra, no durante.
  • Convierte el trayecto en coche en una zona sin análisis táctico.
  • Organiza un tercer tiempo al mes, aunque sea con fruta y quince minutos.

Los gestos que educan no aparecen por casualidad en una final. Aparecen porque alguien los ensayó mil veces antes, en un campo pequeño y con muy poca gente mirando.

El espejo del fútbol formativo no puede ser solo la élite

Ahora toca la advertencia, porque un artículo así puede sonar demasiado optimista. La élite también nos manda mensajes en dirección contraria, y llegan con mucha más fuerza que los nuestros. Ya lo decíamos hace unos días: el Mundial no educa, educamos nosotros. Alberto Rodríguez, presidente de Anaccolde y coordinador deportivo, lo ha comprobado en su propio colegio.

“El ejemplo que ven nuestros alumnos no es solo el nuestro: es el que mandan los medios de comunicación. Tú puedes estar trabajando lo que quieras. Si te mandan un input que va contra lo que les estás diciendo, probablemente vas a perder” — Alberto Rodríguez

Él mismo cuenta el reverso amable de esa moneda. Antes, los subcampeones se arrancaban la medalla del cuello nada más recibirla. Después, algunos entrenadores de élite empezaron a decir en público que estar orgulloso de un segundo puesto está bien. En su último torneo escolar nadie se quitó la medalla. Nadie. El espejo funciona en los dos sentidos.

Carles González, profesor del INEFC de Barcelona, lo describe desde el otro lado del banquillo. Un chaval de catorce años ve a un entrenador profesional perder los papeles en televisión. Y piensa: “si este lo hace, ¿por qué no lo voy a hacer yo?”. Imita. Siempre imita. Es la misma idolatría de barro de la que ya hemos hablado aquí.

Exigir valores a la élite no es ingenuo, es justo

Hay quien nos dice que pedir ejemplaridad a un futbolista millonario resulta ingenuo. Guillem Turró, doctor en Filosofía y profesor de Ética en la Universidad Ramon Llull, responde sin titubear.

“Tenemos la obligación, tenemos que exigirle a un deportista de élite, famoso, celebrity, que mueve millones, muchos millones, tenemos que exigirle valores” — Guillem Turró

Ahora bien, exigir no es delegar. Jordi Osua, profesor de Educación Física e investigador, nos dejó una frase que deberíamos tener presente cada vez que encendemos la televisión con nuestros hijos.

“El mensaje optimista sobre todo pasa porque el espejo o el referente del deporte formativo no sea el deporte profesional” — Jordi Osua

No hay contradicción entre las dos ideas. Aprovechamos los buenos gestos de la élite porque son un lenguaje que los niños ya entienden. Pero el modelo de verdad sigue estando mucho más cerca. Está en el entrenador que da la mano al rival un martes por la tarde, sin cámaras y sin himno.

Lo que se les queda es lo que nos ven hacer

Volvamos al principio. A esos treinta segundos después del silbato, cuando nadie sabe qué hacer con las manos. Este Mundial nos ha demostrado que ese vacío se puede llenar de otra manera. Mbappé lo llenó con un abrazo. Bellingham, con una camiseta. Irán, con una pizarra. España, con un pasillo.

Nosotros tenemos el mismo hueco cada fin de semana, en un campo mucho más pequeño y con muchísima menos gente delante. La diferencia es que a nosotros nos miran diecisiete niños que van a copiar exactamente lo que hagamos. No lo que digamos: lo que hagamos. Ahí está, en el fondo, todo el fútbol formativo.

Así que la pregunta es sencilla y va para todos, entrenadores y familias. El próximo sábado, cuando suene el silbato final y el resultado no nos guste, ¿qué van a ver nuestros hijos que hacemos con las manos?

Este artículo no habría sido posible sin las voces de Daniel Dos Santos, Michael Paule Carrés, Marcos Tubio y María Nieto Sobrino. Tampoco sin las de Carlos Cuervo “Tato”, Jesús Vicente Ruiz Omeñaca, Alberto Rodríguez, Carles González, Guillem Turró y Jordi Osua. Gracias a ellos y a todos los expertos y expertas que, entrevista a entrevista, siguen construyendo esta Plataforma con nosotros.

¿Crees, como nosotros, que el fútbol formativo debe proteger a la infancia por encima del marcador? Entonces te invitamos a firmar el Manifiesto de la Plataforma.

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