El árbitro pita el final y España es campeona del mundo. La imagen más poderosa no llega del campo. Llega del vestuario. Allí están los once que jugaron la final. Los que esperaron en el banquillo. Los que entraron diez minutos y los que no pisaron el campo. El cuerpo técnico. El médico. El utillero. Todos dentro de la misma fotografía, con la misma copa. Nadie pregunta quién marcó. Nadie ocupa más espacio que otro. Eso es la identidad en el fútbol formativo hecha imagen.
Esa imagen tiene mucho que enseñar al fútbol base. No sobre táctica ni sobre resultado. Sobre algo más difícil: construir un equipo en el que cada persona sienta que forma parte de algo común. La identidad en el fútbol formativo se juega ahí, mucho antes de que suene el silbato final.
En este artículo recogemos la voz de los expertos de la Plataforma sobre cómo trasladar esa imagen al club de barrio. Porque lo que hace grande a un equipo campeón también lo hace grande a un equipo de cadetes.
Luis de la Fuente y la condición del éxito colectivo
Luis de la Fuente ha insistido en que el fútbol es un deporte colectivo. Y en que los valores humanos del grupo son una condición para aspirar a lo máximo. No parece una frase decorativa.
La final ofreció una demostración concreta. El equipo necesitó a quienes empezaron jugando y a quienes entraron después. A quienes sostuvieron el esfuerzo. Y a quienes aceptaron trabajar para que otro pudiera marcar. No hubo una figura imprescindible. Hubo un proyecto compartido que funcionó porque cada parte reconoció su lugar dentro de él.
Tal vez esta sea la gran lección para nuestros clubes. No se trata de encontrar al jugador que gane los partidos por sí solo. Se trata de construir un equipo capaz de competir cuando el partido exige algo diferente.
En el fútbol base lo traducimos así: un equipo no compite solo con los once del domingo. Compite también con la cultura que le rodea. Con el ambiente que construyen los entrenadores, las familias y el propio club a lo largo de la semana. Cuando esa cultura prioriza al colectivo, los partidos difíciles se afrontan de otra manera. Porque los jugadores ya han practicado ceder, apoyar y sacrificarse sin que nadie los vea.
Nadie imprescindible, todos importantes: la base de la identidad en el fútbol formativo
La primera lección parece sencilla. Pero muy pocos la trabajan de forma consciente y sostenida.
Javier Vidales es exfutbolista y director deportivo. Ha pasado por las canteras del Atlético de Madrid y el Sporting de Gijón, entre otros clubes. Su conversación con la Plataforma está recogida en La huella que dejamos.
“La fuerza de un grupo está en que algo nos conecta, pero el crecimiento del grupo está en la diferencia entre nosotros.”
— Javier Vidales, exfutbolista y director deportivo
No todos los jugadores tienen el mismo talento. Ni todos rinden igual cada semana. La identidad en el fútbol formativo no se construye con la uniformidad, sino con la certeza de que cada rol tiene valor. El portero que para. El mediocentro que presiona. El delantero que vuelve a defender. El suplente que calienta en serio. Todos aportan algo que el equipo necesita para funcionar como un conjunto.
Jesús Vicente Ruiz es doctor en Psicología y Educación Físico-deportiva en la Universidad de La Rioja. Lleva años investigando los valores y el comportamiento ético en el deporte escolar. Así lo formula:
“Estamos las personas y somos importantes cada una de ellas, pero también formamos parte de un proyecto compartido.”
— Jesús Vicente Ruiz, doctor en Psicología y Educación Físico-deportiva
Esa doble conciencia —yo importo, el proyecto también importa— distingue un grupo de chicos que coinciden en un campo de un equipo real. Construirla lleva tiempo. Y requiere gestos concretos, repetidos semana a semana, hasta que se conviertan en cultura.
El bien colectivo se entrena
Decir que hay que jugar en equipo es insuficiente. El compromiso colectivo debe entrenarse. No como un discurso en el vestuario, sino como parte del diseño de cada sesión.
Pere Lavega es catedrático de la Universidad de Lleida y referente mundial en praxiología motriz. Ha investigado durante décadas cómo las personas construimos vínculos de pertenencia a través del juego y el deporte. Su lectura de lo que ocurre cuando alguien siente que su papel importa es precisa:
“Lo importante es hacer ver que yo soy una parte importante, pero no imprescindible. Debería alegrarme si mi equipo gana, aunque yo, a lo mejor, no lo haya hecho de manera magnífica. Lo importante es saber que, para otra persona, lo que está haciendo sí es importante, y yo lo valoro. Para mí también debería ser importante, porque es ahí cuando empiezo a sentirme miembro de una comunidad en la que compartimos muchas cosas.”
— Pere Lavega, catedrático de la Universidad de Lleida y referente en praxiología motriz
Se puede trabajar mediante juegos y situaciones en las que el éxito dependa de la colaboración, la comunicación y la toma de decisiones compartida. También mediante conversaciones breves después de los entrenamientos y partidos. Cinco preguntas que funcionan:
¿Quién ayudó hoy a un compañero? ¿Qué hizo el equipo cuando perdió el balón? ¿Cómo reaccionamos ante un error? ¿Qué jugador mejoró gracias a la ayuda de otro? ¿Qué comportamiento queremos repetir la próxima semana?
Cinco minutos de conversación, una vez a la semana. Con el tiempo, esas preguntas van cambiando lo que los jugadores se dicen entre ellos cuando el entrenador no está.
El jugador que esperó en el banquillo
Un jugador lleva ocho semanas en el equipo. Cada domingo ve el partido desde el banquillo. Entra cinco minutos, a veces diez. Lo intenta hacer bien porque sabe que si no, quizás la semana siguiente no entra ni eso.
Esa es la escena más silenciosa del fútbol base. Y una de las más dañinas cuando nadie la gestiona bien.
Omar Cortés es formador y autor de El fútbol base que le estamos robando a nuestros hijos. Lleva años documentando lo que le ocurre a ese niño cuando pasa toda la semana entrenando y el domingo entra diez minutos:
“Muchas veces cuando ese niño lo dejamos en el banquillo jugando diez minutos, prácticamente le reventamos los tres principios. Sentirse competente, sentirse autónomo y sentirse conectado al equipo.”
— Omar Cortés, formador y autor
El antídoto no es darle siempre los mismos minutos que al resto, aunque eso ayuda. El antídoto es que ese jugador entienda cuál es su papel y sepa que ese papel es necesario para el equipo. Cinco minutos bien aprovechados, con un mensaje claro antes de entrar y un reconocimiento después, pesan más que veinte minutos sin contexto.
La identidad en el fútbol formativo también se construye desde el banquillo. Un suplente que se siente parte del proyecto rinde de otra manera cuando entra. Y entrena de otra manera cuando sabe que el domingo no jugará.
El padre que no pudo callarse
El partido termina. La derrota está reciente y el cuerpo todavía tenso. Un padre agarra a su hijo por el hombro mientras caminan hacia el aparcamiento. Y empieza. Que si el primer gol fue culpa suya. Que si no cerró bien el espacio. Que si tendría que haber llegado antes al balón.
El chico escucha. Asiente. Por fuera no dice nada. Por dentro, ese momento borra media hora de todo lo que había aprendido durante la semana.
Pere Alaustré, psicólogo del deporte en Manresa, describe esa escena con precisión:
“En el postpartido he visto muchos niños que van agarrados con su padre. El padre les va diciendo todo lo que tenían que haber hecho en el partido. Hacen como de segundo entrenador. Acompañar quizá consiste más en hacer preguntas y esperar a que los niños expresen cuando ellos más o menos quieran.”
— Pere Alaustré, psicólogo del deporte
Luis Cantarero es psicólogo, antropólogo y profesor de la Universidad de Zaragoza. Su libro Cállate, papá recoge uno de los momentos más reveladores de ese patrón:
“Un portero se volvió durante el partido. Se volvió detrás de la portería y se dirigió a un adulto. Le dijo: «Cállate, papá». Es muy vergonzoso para un niño ver a tu padre como se comporta. Eso es muy malo para esa relación y para ese niño.”
— Luis Cantarero, psicólogo y autor de Cállate, papá
La próxima vez que termine un partido, prueba esto: espera media hora antes de hablar de fútbol. La primera pregunta que hagas que sea «¿cómo te has sentido?». No qué hizo mal. Cómo se sintió. El espacio entre esas dos preguntas es donde se decide si ese niño sigue queriendo jugar.
El contrapeso: exigir también forma parte del colectivo
Este artículo podría dar la impresión de que lo colectivo riñe con la exigencia. No es así. Un equipo que se trata bien pero nunca se exige no tiene identidad: tiene un pacto de comodidad.
La élite también nos manda mensajes en sentido contrario. En el alto rendimiento hay protocolos, disciplina y demandas individuales muy concretas. El gesto de respeto al compañero y la exigencia técnica no son opuestos. Son las dos caras del mismo proyecto.
Josep Campos-Rius es doctor y exdirector de formación de entrenadores de la Federación Catalana de Tenis. Él insiste en que la identidad colectiva no se construye solo desde el campo:
“Es una responsabilidad compartida por parte de todos los agentes. Al final, todos han de poder hablar el mismo idioma.”
— Josep Campos-Rius, doctor y exdirector de formación de entrenadores
El problema no es exigir. El problema es exigir sin relación, sin contexto y sin conocimiento de la persona que tienes delante. La exigencia que nace del conocimiento del otro es un acto de confianza. Y la confianza es el primer ladrillo de cualquier identidad colectiva.
Carlos Moros es exfutbolista profesional con experiencia en seis países distintos. Lo dice con claridad:
“Esa capacidad para exigir bien es ganada por conocer a la persona, conocer sus necesidades, conocer sus motivaciones y sus expectativas. Y en base a ello, liderar de una manera efectiva.”
— Carlos Moros, exfutbolista profesional
La identidad en el fútbol formativo no es incompatible con la exigencia. Al contrario: cuando un jugador siente que pertenece al proyecto, tolera mejor la presión y se crece ante ella. El que no se siente parte del grupo, cuando le exiges, se retira. El que sí se siente parte, cuando le exiges, avanza.
Identidad en el fútbol formativo: lo que puedes hacer mañana
Los gestos que construyen identidad no requieren presupuesto ni permiso de nadie. Se ensayan mucho antes de que importen.
- Antes del próximo entrenamiento, busca un momento a solas con cada jugador y dile una cosa concreta que hizo bien la semana anterior. Solo una. Que sepa que la viste.
- Diseña un ejercicio en el que el éxito dependa de tres o más jugadores a la vez. Si solo puede completarlo uno, cámbialo.
- En el próximo partido, agradece públicamente a quien defienda sin balón, a quien presione y a quien ayude a un compañero a levantarse.
- Después del partido, espera treinta minutos antes de hablar de fútbol con tu hijo o con tus jugadores. Pregunta primero: ¿cómo te has sentido?
- Al final de la temporada, celebra algo que no sea el marcador. Por ejemplo: la sesión más intensa, el jugador que más creció, el partido en el que mejor reaccionasteis a un error.
Cuando estos gestos estén instalados, ya no necesitarás recordarlos. Los jugadores los reclamarán ellos solos.
De vuelta al vestuario
Vuelve al vestuario de España. Imagina por un momento que eres el entrenador de ese equipo. No de la selección: del equipo de tu barrio.
Si ganáis el campeonato regional y miras a tu alrededor, ¿qué ves? ¿Solo a los que jugaron? ¿O a todos los que hicieron posible que ese partido llegara?
La identidad en el fútbol formativo no se construye el día del título. Se construye en cada entrenamiento en el que alguien hace algo importante y nadie le da las gracias. En cada partido en el que un suplente calienta con la misma energía que el titular. En cada conversación en la que un padre decide no dar el análisis del partido y pregunta, en cambio, cómo está su hijo.
El campeón también se construye en el banquillo. Y en el vestuario. Y en esa conversación que decides tener, o no tener, después del pitido final.
¿Estás construyendo un equipo en el que todos se sienten importantes, aunque no todos sean imprescindibles?
Este artículo no habría sido posible sin las voces de Pere Lavega, Luis Cantarero, Omar Cortés y Pere Alaustré. Tampoco sin las de Javier Vidales, Jesús Vicente Ruiz, Josep Campos-Rius y Carlos Moros. Gracias a ellos y a todos los expertos y expertas que, entrevista a entrevista, siguen construyendo esta Plataforma con nosotros.
Las 31 primeras entrevistas de la Plataforma están recogidas en La huella que dejamos. Un año entero recorriendo campos de toda España para demostrar que otro fútbol es posible.
¿Crees, como nosotros, que el fútbol formativo debe proteger a la infancia por encima del marcador? Entonces te invitamos a firmar el Manifiesto de la Plataforma.