Ídolos de barro en el fútbol base. ¿Te acuerdas de dónde estabas el 9 de julio de 2006? Yo lo recuerdo perfectamente. Estaba viendo la prórroga de la final de la Copa del Mundo de Alemania, cuando, de repente, Zinedine Zidane le asestó un brutal cabezazo en el pecho al italiano Marco Materazzi.
Ídolos de barro en el fútbol base
Te confieso que me quedé de piedra. Zidane, uno de los jugadores más elegantes de la historia, perdiendo los papeles ante millones de espectadores tras recibir unos insultos. Días después, el astro francés pidió perdón, reconociendo que su gesto era imperdonable precisamente porque dos o tres mil millones de telespectadores, entre ellos millones de niños, lo habían visto. Sabía que era un referente, aunque admitió no arrepentirse de la agresión porque sentía que Materazzi le había provocado gravemente.
Este “momento Zidane” nos sirve para poner sobre la mesa una de las grandes trampas en las que caemos habitualmente los que estamos a pie de campo: el falso mito del ídolo televisivo.
Ídolos de barro en el fútbol base
El imperativo de ejemplaridad frente a nuestra comodidad
Es indudable que los deportistas de élite tienen una responsabilidad inmensa. Como bien define el filósofo Javier Gomá,
todos estamos sometidos al “imperativo de ejemplaridad”, que nos obliga a obrar de tal manera que nuestro comportamiento produzca un impacto civilizatorio en nuestro entorno.
Y, lógicamente, el entorno de influencia de un futbolista de Champions es global.
Pero aquí es donde nosotros, los padres y madres de la grada, solemos engañarnos.
Existe una desproporcionada sobrevaloración del rol que tienen los ídolos deportivos como modelos morales para nuestros jóvenes. Nos resulta comodísimo encender la tele y pretender que Messi, Cristiano o Zidane eduquen a nuestros hijos en valores. Y cuando estos jugadores fallan moralmente, nos llevamos las manos a la cabeza.
El pedagogo Gregorio Luri nos lanza una advertencia que escuece pero que es pura verdad:
muchos padres están transfiriendo sus obligaciones formativas a la escuela y al club, huyendo de su propia autoridad moral.
Hemos olvidado que el principal y más potente referente moral de un niño no es el millonario que sale en la pantalla, eres tú. Como dice Luri, la moral se adquiere principalmente a través de los ojos, porque aprendemos imitando.
Herramientas prácticas: De la pantalla a la vida real
Tú tienes el poder absoluto para filtrar lo que tu hijo consume y cómo lo interpreta. No necesitas ser un experto en ética, solo necesitas estar presente. Aquí tienes tres herramientas directas para ejercer tu verdadera influencia esta misma semana:
- El trayecto en coche es tu verdadera aula: La educación moral de tu hijo no empieza cuando el árbitro pita el inicio del partido, empieza en los quince minutos de trayecto en coche hacia el campo. Aprovecha ese espacio íntimo para hablarle. No le preguntes cuántos goles va a marcar; dile: “Hoy quiero verte disfrutar, ser valiente y animar a tus compañeros si fallan”.
- Aprovecha el mal ejemplo en la tele: La próxima vez que estéis viendo un partido por televisión y un jugador finja una falta, insulte al árbitro o agreda a un rival, no te calles. Ni siquiera si es de tu propio equipo. Pon el partido en pausa mentalmente y pregúntale: “¿Qué te ha parecido eso que acaba de hacer? ¿Tú crees que eso es justo?”. Enséñale a interpretar críticamente las malas conductas en lugar de tragárselas como algo normal.
- Sé el espejo que quieres que mire: Si en la tele ven a un jugador protestar enfurecido, pero en la grada te ven a ti aplaudir una buena jugada del rival y tratar con respeto al árbitro, adivina a quién van a imitar a largo plazo. Tu coherencia tiene mil veces más fuerza que cualquier campaña de publicidad de la FIFA.
No importa cuántos cabezazos dé un ídolo en un Mundial. Si un niño cuenta con un padre o una madre que ejerce su autoridad moral con cariño y firmeza, sabrá distinguir perfectamente el bien del mal. No lo dudes nunca.
Ídolos de barro en el fútbol base.