La batalla dentro y fuera del campo

La batalla dentro y fuera del campo

La batalla dentro y fuera del campo. Después de innumerables horas de entrenamiento, cientos de partidos, decenas de goles, pisé el césped en la Liga de Campeones.

Recuerdo que no jugué como quería, ni quedé en la posición que soñaba.

Y en ese momento, lo único en lo que pensaba era en las críticas de las redes sociales.

¿Cómo podía importarme tanto lo que opinara gente que ni conocía?

Me di cuenta de hasta qué punto había llegado mi exposición y cómo la gente y los medios opinaban sobre mí, mis logros y mis desafíos como si fueran propios.

Y yo era esclavo de eso.

¿Sabes lo que pesa ver durante meses a un jugador en los titulares de los periódicos prometiendo un título?

Sentía como si dejara de ser una persona para convertirme solo en un jugador, como si mi única vida fuera entrenar y ganar.

Y lo peor es que eso comenzó a afectar mi propia percepción.

Llegué a creer que no me lo merecía, que no podía disfrutar del juego.

Dejé de escuchar mis propios deseos.

Es como si te pusieran anteojeras y te marcaran un camino del cual no podías desviarte ni cuestionar.

Me sentía solo hasta que me di cuenta de que compartía esa soledad con otros jugadores.

En la Liga de Campeones pasó algo.

Comenzamos a alzar la voz, a hablar de temas que antes eran tabú, como la presión en la competición y la salud mental.

Y también a derribar el mito de que éramos superhéroes sin errores.

Imagina lo significativo que fue para mí escuchar a otros jugadores hablar de la presión en el campo.

Allí comprendí la importancia de tener una mente fuerte y estar en paz con uno mismo, para poder estar bien con los demás, con nuestro cuerpo, con la actividad que realizamos y con nosotros mismos.

Y creo que allí comencé a sanar.

No me malinterpreten, amo lo que hago desde siempre.

Mi papá fue portero de fútbol y también un apasionado del deporte. Me contagio su pasión. Pero a medida que mi perfil crecía, también lo hacían las expectativas de los demás sobre mí.

Sin darme cuenta, me colgaron una mochila.

Al principio todo era divertido.

Pero a medida que me pedían fotos, me reconocían en la calle, llenaban invitaciones a eventos y mi nombre y mi imagen empezaban a convertirse en una marca, las redes sociales se volvían un tema delicado.

Como todo adolescente, los me gustas se convertían en una muestra de aceptación social y yo los buscaba.

Los primeros roces con la fama, por así decirlo, eran divertidos y aún no masivos, podía controlarlos.

Incluso me alegraba saber que podía motivar a otros, ir más allá de un gol y dejar huella en sus vidas.

Recuerdo que, durante la pandemia, pude ayudar a que mucha gente se sintiera menos sola y desanimada.

Pero como todo, tenía un lado B.

Toda esa energía y adrenalina que sentíamos los adolescentes mientras crecíamos, descubríamos quiénes éramos, cometíamos errores y buscábamos éxito.

En mi caso, se convirtió en una tormenta de críticas que llegaron a un punto insoportable.

Tuve que madurar muy rápido. Cuando falleció mi abuelo, todos estaban conmigo en el hotel donde nos alojábamos y no pude dejar de pensar en él hasta que terminó la competición.

El duelo se mezcló con la responsabilidad de representar a mi país. Y cuando finalmente alcancé mi sueño de jugar en un torneo internacional, me vi envuelto en una tormenta en las redes sociales, donde me atacaban sin piedad desde perfiles anónimos, llegando a llamarme fracasado. Lo peor es que comencé a creerlo.

Tuve que aprender por mi cuenta cómo lidiar con los golpes, surfeando las olas prácticamente solo, rodeado siempre del amor de mi familia y personas que no eran especialistas en los temas que necesitaba.

Aprendí a manejar las entrevistas, a decidir qué decir o no decir en redes sociales, a enfrentar las críticas y entender que las redes eran un mundo artificial que no reflejaba la realidad de mi vida ni mis verdaderos logros.

Aunque parezca increíble, este proceso fue un gran descubrimiento para mí. Como otros deportistas, tuve que aprender a vivir con las presiones y expectativas de los demás.

Creo que lo que viví, al igual que muchos otros, no es inevitable. Creo que podemos crear mejores redes de apoyo con profesionales de diferentes áreas para cuidar a la persona detrás del deportista de élite.

El punto está en enfocar las miradas donde realmente importa.

Y eso es lo que estoy tratando de hacer. Valorar la persona detrás del futbolista, no solo al deportista. Apreciar ambas facetas y entender que cuando piso el campo de juego y sigo la línea blanca hacia la portería, debo dar lo mejor de mí. Pero al llegar al final, al tocar el balón y levantar la mirada, lo único que debo ver es a mi familia, mis amigos, y recordar el niño que solo quería jugar y correr hacia el balón para seguir disfrutando del juego.

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