Madurez del entrenador. Si te digo la verdad, me cuesta reconocer al entrenador que fui hace unos años.
Recuerdo perfectamente el nudo en el estómago antes de un partido importante. No era preocupación por si los chicos se divertían; era miedo puro. Miedo a perder, porque en el fondo sentía que si el marcador iba en contra, mi valor como persona bajaba.
Creía que mi autoridad dependía de la victoria. Si ganábamos, me sentía un genio. Si perdíamos, la culpa era del árbitro, del campo o de la mala suerte. Nunca mía.
Durante mucho tiempo pensé que eso era “pasión” o “carácter ganador”. Ahora, gracias a las reflexiones de Carles González, entiendo que simplemente estaba pasando por mi propia adolescencia profesional.
Y la pregunta incómoda que te lanzo hoy es: ¿Sigues tú ahí?
Madurez del entrenador
La trampa de la “adolescencia profesional”
Este concepto me ha dejado pensando días enteros. No hablamos de edad biológica, sino de madurez en el cargo.
El “entrenador adolescente” actúa igual que un chico de 15 años: busca desesperadamente la validación externa. Necesita ganar para sentir que es competente ante los padres y el club. Vive el error del jugador como un ataque personal a su trabajo.
Lo fácil es criticar la postura del entrenador gritón sin más pero no es el camino. No es que sean malas personas. Es que, como admite el propio Carles sobre sus inicios, a veces somos entrenadores “tóxicos” sin saberlo, priorizando nuestro ego sobre el bienestar del niño porque aún no hemos madurado.
¿Te suena esa necesidad de demostrar que sabes mucho gritando correcciones constantes? Yo he estado ahí. Y es agotador.
¿Tienes 10 años de experiencia o 1 año repetido 10 veces?
Aquí viene el dato que más duele.
A menudo sacamos pecho diciendo: “Llevo 10 años entrenando”. Pero hay una diferencia abismal entre tener experiencia real y estar estancado en un bucle.
¿Has evolucionado durante esos 10 años o tienes un año de experiencia repetido 10 veces?.
El entrenador estancado opera con una “mentalidad fija”. Repite las mismas recetas, los mismos gritos y las mismas frustraciones temporada tras temporada. Cree que ya lo sabe todo y que el problema son “las generaciones de ahora”.
En cambio, el entrenador maduro es el que evoluciona. Es el que pasa de preguntar “¿Cómo puedo ganar este partido?” a preguntar “¿Qué necesita este niño para crecer?”. Es un cambio de identidad total.
La lección de los ex-jugadores (y padres)
Hay un argumento fascinante que rompe muchos de mis prejuicios.
Solemos pensar que los ex-futbolistas profesionales serán padres insoportables en la grada. Pero el estudio sugiere lo contrario: a menudo son los más tranquilos y respetuosos.
¿Por qué? Porque ya no necesitan demostrar nada. Ya conocen la realidad de la élite y saben que la presión no ayuda. Su prioridad suele ser que su hijo disfrute y sea buena persona, no que sea una estrella. Han alcanzado una madurez que les permite relativizar el resultado, algo que a los que no llegamos arriba nos cuesta horrores.
Nosotros a veces volcamos nuestras frustraciones en los niños. Y eso es una carga demasiado pesada para una espalda de 10 años.
Lo que dicen los expertos de nuestra Plataforma
En la Plataforma de Fútbol Formativo, llevamos tiempo insistiendo en esta transición hacia la madurez educativa:
- Gestionar la identidad: El entrenador inmaduro pone etiquetas rápidas (“el bueno”, “el malo”). El entrenador maduro sabe que esas etiquetas construyen la autoestima del niño y tiene cuidado con ellas.
- Evaluar lo invisible: Estamos obsesionados con medir pases. Pero, ¿quién mide la ética? El verdadero reto, como proponen nuestros expertos, es crear herramientas para valorar el comportamiento y los valores, no solo la táctica.
- Aceptar el proceso: Al igual que perdonamos los errores de un adolescente, debemos entender que nosotros también estamos aprendiendo. No se trata de culparse, sino de buscar mentores que nos ayuden a ver “el cuadro completo” más allá del marcador,.
¿Te atreves a madurar?
Madurar duele. Significa admitir que quizás, durante años, hemos estado equivocados en el enfoque.
Significa dejar de mirar la clasificación el lunes por la mañana y empezar a mirar a los ojos a tus jugadores. Significa entender que tu éxito no es el trofeo, sino que ese niño te recuerde con cariño dentro de 20 años, agradecido por todo lo que le enseñaste que no era fútbol.
Si hoy te has sentido un poco identificado con ese “entrenador adolescente”, no te castigues. Es solo una fase. Lo importante es ir dando pasos.
¿Y tú? ¿En qué etapa sientes que estás ahora mismo?
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Si quieres profundizar en estas etapas y escuchar la historia completa de Carles González, mira este video.
Madurez del entrenador