El mundo del fútbol no es consciente del daño que puede hacer

Diego Segura fue canterano del Betis, debutó en Primera con el conjunto verdiblanco y pasó por el Alavés, el Jaén y el Cartagena antes de colgar las botas y convertirse en psicólogo deportivo. Ha estado a los dos lados: el vestuario y la consulta. Y cuando le preguntan por los chavales que se quedan por el camino, no se anda con rodeos: «el mundo del fútbol no es consciente del daño que puede hacer». Esa frase describe muy bien lo que ocurre hoy con las redes sociales en el fútbol base.

Él lo dice pensando en profesionales. En chicos de 16 y 17 años que debutan ya con estadios llenos, contratos y exposición constante. Pero nosotros, que llevamos años escuchando a entrenadores, psicólogos y pedagogos, sabemos que la frase encaja todavía mejor con un niño de 12 años en un club de barrio.

Porque ese niño no tiene gabinete de comunicación, ni un club que le prepare, ni un psicólogo de plantilla. Tiene un móvil, un grupo de WhatsApp de padres y un partido que se juega delante de cuarenta personas que después van a comentar cada jugada. Si el fútbol profesional, con todos sus recursos, todavía no sabe protegerse de esto, ¿qué le queda al fútbol formativo?

Niños con miles de seguidores que no están preparados

Le preguntaron a Segura por chicos de 12, 13 o 14 años que ya acumulan miles de seguidores, y respondió con una honestidad que incomoda: «aunque el padre o la madre sean quienes gestionan la cuenta, el que se expone es el niño. El niño lo puede ver y tiene un feedback. Si somos adultos y nos cuesta, imagina un niño de 14 o 15 años. No está preparado».

No está preparado. Esa es la clave, y no es una opinión aislada. María Nieto, investigadora en protección de menores, detectó en su tesis doctoral cómo se ha normalizado «el acoso o la violencia derivada de las modas y los retos virales» y la costumbre de subir fotos de menores a las redes, tanto por parte de familias como de clubes.

Un entrenador que graba y sube el gol de un niño de 9 años sin pensarlo dos veces, un padre que crea una cuenta para el hijo prodigio del equipo: casi nunca hay mala intención. Pero el resultado es el que describe Segura, un menor expuesto a un feedback para el que nadie le ha preparado.

Compararse por dentro, hundirse por fuera

Lionel Barrachin, psicólogo del deporte, explica el mecanismo: «cuando te comparas tú con alguien en las redes sociales, solo ves el exterior que te enseña la persona. Tú lo pones en un pedestal, te minimizas y ahí empieza la depresión, los problemas de autoestima». Es lo que le pasa a un chaval de trece años que compara sus stories con las de un compañero al que le fue mejor ese fin de semana.

Por eso Barrachin es tan directo con la solución: reducir o cortar el uso, tanto en el niño como en los padres. «De hecho, pasas menos tiempo en la pantalla, más en el campo».

Aquí hay algo muy práctico que podemos aplicar ya, sin esperar a ningún protocolo federativo. Antes de subir una foto o un vídeo de un menor, preguntarnos si eso es para nosotros o para él. Y si el niño ya tiene cuentas propias, hablar con la familia sobre limitar comentarios, ocultar seguidores o esperar a que sea algo mayor. No hace falta prohibir el fútbol en redes; hace falta que un adulto responsable se pare a pensar un segundo antes de publicar.

Lo que el Mundial nos enseña sin querer

Lo llamativo es que en el Mundial 2026 los profesionales están viviendo esto mismo, solo que a mayor escala y con más medios para defenderse.

Scaloni lo resumió así: «no miramos las redes sociales. Cualquiera pone una cosa chiquita y se hace muy grande». En la concentración de Brasil, los veteranos aconsejan a los jóvenes que las usen menos, para que no se creen expectativas ni se frustren. Y en la selección de Irak, el técnico Graham Arnold directamente las prohibió a toda la plantilla: «quiero que se concentren exclusivamente en el fútbol».

Tres soluciones distintas —ignorarlas, limitarlas, prohibirlas— para un mismo problema. Y el problema tiene cifras que dan vértigo. La FIFA ha eliminado cerca de 388.000 publicaciones dañinas durante este Mundial, y solo en la fase de grupos detectó 89.000 comentarios abusivos, trece veces más que en 2022. Jugadores como Justin Kluivert, Quinten Timber o Crysencio Summerville recibieron insultos racistas tras fallar un penalti.

Marcelo Gallardo, que sabe bastante de formar futbolistas, directamente ha optado por no exponerse. Prefiere no usar redes porque pueden «volver esclavo al usuario del teléfono», y porque buscar esa validación externa acaba quitándole equilibrio emocional al deportista.

Las redes sociales en el fútbol base se educan antes, no después

Si Argentina necesita blindarse y la FIFA borra cientos de miles de publicaciones alrededor de adultos entrenados para gestionar la presión, ¿qué protección real tiene un niño alevín cuando su entrenador, sin mala intención, cuelga una historia diciendo que «hoy no ha rendido»?

Ese niño no tiene community manager, ni un cuerpo técnico que filtre comentarios, ni nadie que le enseñe a no abrir el móvil después de fallar. Segura lo explica desde su experiencia con jugadores adultos: «lo que se trabaja es que no haga eso. La relación con las redes sociales se tiene que ir educando, no en ese momento, sino mucho antes». Si eso hay que enseñárselo a un profesional de 25 años, con más razón hay que empezar con un chaval de 12.

Cuando el fútbol trata a un niño como una pieza de recambio

Hay una frase de Luis Cantarero, psicólogo y antropólogo de la Universidad de Zaragoza, que nos parece de las más duras y necesarias que hemos escuchado: «el fútbol industrial muchas veces trata a los niños como simples piezas de una máquina. Es una cadena de montaje donde uno empieza con cinco años, y si por el camino a un niño se le pega, bueno, da igual, son daños colaterales».

Es duro leerlo. Pero conecta de forma casi literal con lo que Segura llama «juguetes rotos»: chicos sobre los que recaían expectativas enormes a nivel familiar, propio, de club y de redes, «donde se exponen demasiado pronto». Y añade el fallo de fondo: «no se hace un trabajo para preparar un plan B, tampoco se trabaja lo suficiente para que la identidad del jugador no sea solo fútbol».

Pau Cecilia lo resume de una manera que deberíamos repetir en cada charla técnica: «los niños, antes de ser deportistas, debemos pensar que son niños. No puedo entrenar a un futbolista de 10 años como un futbolista, porque es un niño». Así que cuidado con hablarle a un crío de su futuro profesional, con compararle con jugadores de Primera, con hacer que su identidad entera dependa de si mete goles.

La presión no siempre viene del móvil

No todo es digital. Amparo Aparisi hace una distinción clave: «una cosa es la presión externa y otra la interpretación que se haga. La externa tú no la puedes controlar, pero la autoexigencia sí depende de ti». El problema, añade, es que cuanto más resultadista es el entorno, más miedo a fallar se genera en los niños.

Ese miedo tiene ejemplos dolorosos. Salva Valls recuerda a chicos y chicas que, al acabar el partido, decían a sus padres: «papá, no vuelvas a venir porque por tu culpa hemos perdido». Y Ángel González Jareño apunta al origen: el problema de la grada es que muchas veces no entiende lo que está viendo.

La aplicación práctica es sencilla de enunciar y difícil de sostener cada domingo: separar el resultado del cariño. Que un niño sepa que, gane o pierda, en el coche de vuelta a casa nadie va a analizar su partido, sino a preguntarle si se lo ha pasado bien. Eso no se improvisa el día del partido, se construye toda la semana.

Proteger antes de que haga falta curar

Todo esto no es queja, es diagnóstico compartido. Y frente a un diagnóstico compartido creemos en soluciones concretas. Teresa Martínez insiste en algo que muchos clubes ven como un trámite y debería ser una prioridad: «el club tiene que tener un responsable de protección a la infancia, que sería la figura del delegado de protección». No hace falta ser un club profesional para tener a alguien que se pregunte, antes de publicar o de exigir, si eso protege o expone a ese niño.

Segura lo resume con una honestidad poco habitual: «hay que exponerlos lo mínimo posible. Bajo mi punto de vista, no habría ni que ponerlos en redes, pero eso son ideas. Cada uno tiene la suya». No hace falta compartir esa idea al cien por cien para quedarnos con lo esencial. La exposición de un menor nunca debería ser una decisión tomada a la ligera.

Si el Mundial 2026 nos ha enseñado algo, es que ni los mejores futbolistas del mundo saben todavía cómo protegerse de las redes sociales. ¿De verdad creemos que un niño de fútbol base, sin ese respaldo, va a poder solo? Nosotros creemos que no tiene que estar solo.

Gracias a Diego Segura, María Nieto, Lionel Barrachin, Luis Cantarero, Pau Cecilia, Amparo Aparisi, Salva Valls, Ángel González Jareño y Teresa Martínez, expertos de nuestra Plataforma.


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