Running y ego. Hace unos días, un buen amigo de 38 años, padre de dos niños preciosos, me confesó algo con la voz quebrada. Había empezado a correr hace un año con la noble excusa de “desconectar de la oficina” y cuidar su salud. Pero el domingo pasado cruzó una línea roja.
Llegó tarde al cumpleaños de su propio hijo. ¿El motivo? Había salido a hacer su “tirada larga” dominical y, obsesionado con no estropear el registro de kilómetros y ritmo en su aplicación de Strava, decidió no acortar el entrenamiento. Cuando llegó a casa, su pareja le soltó una frase que aún le retumba en la cabeza:
“Ahora solo vives para correr y para enseñar tus carreras en internet”.
Te confieso que escucharle me encogió el corazón. En ese preciso instante, mi amigo se dio cuenta de que el running había dejado de ser un espacio de autocuidado para convertirse en una adicción. Necesitaba constantemente nuevos retos, nuevos likes y nuevos datos en su reloj GPS para sentirse bien consigo mismo.
¿Te resulta familiar esta historia?
¿En qué momento convertimos el deporte en una trituradora de nuestras vidas personales?
Running y ego
La trampa del ‘Homo Deportivus’ posmoderno
Hace poco, en nuestra tertulia de la Plataforma de Fútbol Formativo, una seguidora llamada Laura me planteaba exactamente esta misma inquietud. Veía a su alrededor a gente obsesionada con sus marcas, exhibiendo zapatillas de doscientos euros y mendigando aplausos virtuales.
Para entender esta locura, busqué refugio en el filósofo Guillem Turró y su imprescindible libro Ética del Deporte. Turró define a la perfección a este “Homo Deportivus posmoderno”. Vivimos en una era donde el deporte aficionado ha crecido de forma brutal, pero detrás de esta aparente fiebre por la vida sana se esconde un drama silencioso.
Hemos comprado el peligroso eslogan de que “nada es imposible”. Trasladamos la presión asfixiante del deporte de élite a nuestro tiempo de descanso, autoexigiéndonos como si fuéramos profesionales. Y lo que es peor: hemos convertido algo tan puro como el sudor en un escaparate narcisista. Ya no corremos por la alegría de sentirnos vivos, corremos para publicarlo.
El deporte como narcótico social
Pero aquí viene la reflexión que más me duele y que, a la vez, me parece más lúcida. Turró, citando al pensador Michel Lacroix, nos advierte de que a veces el deporte no es salud, sino una evasión.
Es infinitamente más fácil calzarse unas zapatillas y sumar kilómetros hasta el agotamiento extremo que sentarse a hablar con tu pareja de los problemas de casa, o enfrentarse a un vacío existencial.
Del mismo modo que un toxicómano huye del mundo real, hoy nos intoxicamos con experiencias deportivas extremas para sentirnos heroicos y anestesiar nuestro malestar interior.
Utilizamos el deporte como una droga social. Y cuando la valía de una persona empieza a medirse únicamente por los kilómetros que marca su reloj, estamos disparando a la diana equivocada.
Herramientas prácticas para recuperar tu libertad
Si sientes que tú, o alguien de tu equipo, estáis cayendo en esta trampa, no te culpes. La inercia de la sociedad empuja con muchísima fuerza. Pero tú tienes el poder de frenar. Aquí tienes tres herramientas para recuperar la esencia del juego esta misma semana:
- El “Entrenamiento Ciego”: Una vez a la semana, te propongo un reto de valientes. Sal a correr o entrena sin reloj, sin GPS y, sobre todo, sin publicarlo en ninguna red social. Aprende a tolerar la “angustia” de que nadie se entere de lo que has hecho. Reconecta con tu respiración y recupera el placer de correr por sensaciones, no por likes.
- Recalibra tu diana moral: Utilizando la metáfora de Aristóteles que tanto menciona Turró, antes de apuntarte a tu próxima locura deportiva, pregúntate: ¿Por qué lo hago realmente?. Si tu motivo es huir de un conflicto familiar o buscar el aplauso ajeno, estás tensando el arco hacia el lado equivocado.
- Fija límites de “Ocio Activo”: Negocia tus horarios. El deporte en nuestro tiempo libre debe ser un descanso mental, no una segunda jornada laboral que esclavice a tu familia. Acepta que habrá semanas donde toque descansar o acortar el entreno porque un abrazo a tu hijo el día de su cumpleaños vale infinitamente más que cualquier medalla de finisher.
Recuerda siempre esto: tu valor como ser humano no lo dicta una aplicación de móvil ni el ritmo de tus zancadas. Eres mucho más que tus resultados.