Solo quería divertirme con el fútbol. Son las palabras de un niño de 12 años a su entrenador antes de abandonar el fútbol definitivamente.
Jaime se acerca al entrenador, que está a punto de salir del vestuario.
–Entrenador, ¿puedo hablar contigo?
El entrenador frunce el ceño y se gira con impaciencia.
–Oye, chaval, ahora mismo no es el mejor momento… ¿qué necesitas?
Jaime baja la mirada y juguetea nerviosamente con sus manos.
–Nada, solo era una pregunta, pero… no es importante.
El entrenador nota la seriedad en los ojos de Jaime y su expresión se suaviza un poco.
–¿Qué pasa?
Jaime toma una respiración profunda antes de soltarlo todo de golpe.
–Quiero dejar el fútbol. Ya no aguanto más. Me retiro.
El entrenador se queda en silencio, sorprendido, y se cruza de brazos.
–¿Qué dices, Jaime? No puedes dejarlo así ¿Lo sabe tu padre?
Jaime siente que se quita de encima un peso enorme, al decirlo en voz alta.
–No me importa lo que piense mi papá. No aguanto más. Cuando empecé a jugar, iba con muchas ganas a los entrenamientos. Corría detrás de la pelota como un loco y solo quería meter goles. Me llenaba de alegría cuando lo conseguía. Mi papá me sonreía desde las gradas y aplaudía. Me encantaba jugar al fútbol.
El entrenador asiente lentamente, recordando esos momentos.
–Y ahora, ¿ya no?
Jaime niega con la cabeza, la tristeza evidente en su rostro.
–Todo ha cambiado. Ahora parece que somos profesionales. Solo te importa ganar, ganar y ganar. No nos hablas más que de entrenadores famosos como Mourinho o Guardiola. Eso puede ser interesante para ti, pero nosotros no somos el Barça ni el Real Madrid. Somos niños, no adultos. No importa si somos primeros o segundos. Nosotros solo queremos divertirnos jugando y no necesitamos esas cosas.
El entrenador suspira y se sienta en un banco cercano, haciéndole un gesto a Jaime para que se siente a su lado.
solo quería divertirme con el fútbol
–Entiendo que pueda ser mucho para ti, pero trato de prepararos para ser mejores.
Jaime se sienta, pero mantiene la distancia, cruzando los brazos sobre su pecho.
–Ahora todo es diferente. Lo que antes era un juego divertido, se ha convertido en algo muy serio. Siempre siento que tengo que ganar, que no puedo decepcionarte a ti ni a mi papá. Ya no me divierto jugando. Cada vez me siento peor.
El entrenador se inclina hacia adelante, apoyando los codos en las rodillas.
–No quiero que te sientas así, Jaime. Todos tenemos momentos malos, pero es parte del aprendizaje.
Jaime lo mira a los ojos, buscando alguna señal de comprensión.
–Tú no te das cuenta porque eres un adulto que ya está lejos de todo esto, pero yo soy un niño y me siento tratado como si fuera un adulto. No aguanto que me grites tanto. A veces, hasta escucho tus gritos en mi cabeza cuando duermo, cuando estudio, cuando hago cualquier cosa. Ya no puedo seguir así. Yo solo quería jugar al fútbol. Pero lo único que encuentro es un entrenador que me grita y se enfada cuando algo sale mal.
El entrenador frunce el ceño, sintiéndose herido.
–Lo hago porque sé que tienes mucho potencial y quiero que lo aproveches. A veces me paso, lo sé.
Jaime desvía la mirada, los ojos llenos de lágrimas.
–No soporto tus gritos. Quiero divertirme jugando al fútbol, no vivir con esta presión.
El entrenador baja la mirada, apenado.
–Perdona si he sido muy duro. Es que quiero lo mejor para ti y el equipo. Y en cuanto a las quejas…ya sabes ¡es que hay cada árbitro!
Jaime se seca las lágrimas con la manga.
–Tú siempre nos has dicho que no hay excusas, que es una forma de esconderse y no aceptar los fracasos. ¿Y tú? ¿Qué haces ahora excusándote con los árbitros?
El entrenador empieza a ponerse nervioso, frotándose las manos.
–Un entrenador que se descontrola en cada partido. Que falta al respeto al árbitro, que mira con odio al rival, que no le importa hacer trampas y enseñárnoslas con tal de ganar el partido.
El entrenador se pone de pie, indignado.
solo quería divertirme con el fútbol
–¿Trampas? ¿Pero qué estás diciendo? Te estás pasando de la raya.
Jaime también se levanta, sin retroceder.
–Cuántas veces nos has dicho que perdamos tiempo cuando ganamos el partido, que saquemos de banda cuando el árbitro duda, que juegue uno con una ficha falsa, que nos tiremos en el área para provocar penalti o cerca del área para conseguir una falta, que lancemos la pelota fuera cuando va a sacar el contrario, que aquel rival peligroso no puede acabar el partido… Son tantas las cosas que nos has enseñado que no coinciden en nada con lo que yo entiendo por jugar al fútbol que he perdido la ilusión. Quiero ganar sin trampas, sin violencia, sin odio al rival.
El entrenador respira hondo, tratando de calmarse.
–¡Pero qué estás diciendo! Todo esto que mencionas no son trampas, son trucos del oficio que sirven para ganar partidos o para evitar que nos metan goles. Tengo que enseñaros esas triquiñuelas para conseguir ganar los partidos.
Jaime da un paso atrás, temblando ligeramente.
–Cuando te pones así, me das miedo. Muchos aguantan y no dicen nada porque les puedes echar del equipo o tomarles manía. A nadie le gusta estar en el banquillo. Pero ya no puedo más. Por eso me atrevo a decirte todo esto. Dejo el fútbol y me siento liberado.
El entrenador se acerca un poco, intentando suavizar su tono.
–Oye, que no soy un delincuente, ¿vale? Trato de darles todas las herramientas posibles para que triunfen.
Jaime lo mira con firmeza.
–Ya no me divierto jugando. Somos como robots haciendo lo que tú dices. No podemos comentar nada porque tú siempre nos indicas lo qué debemos hacer durante todo el partido: a quién pasarle, cuándo bajar, cuándo subir, cuándo cambiar el juego…
El entrenador asiente lentamente.
–Pero es que yo tengo una visión global del partido y bastante experiencia. Cuando yo os voy diciendo lo que hay que hacer, las cosas funcionan. Lo hago para ayudaros a ganar el partido. Si me limito a mirar y no os digo nada, posiblemente perderíamos todos los encuentros.
Jaime aprieta los puños, tratando de contener su frustración.
Solo quería divertirme con el fútbol
–¿Cuándo vas a confiar en lo que podemos hacer nosotros? Eres muy orgulloso y crees que las victorias son gracias a ti y las derrotas son por culpa nuestra porque no corrimos lo suficiente.
El entrenador suspira, rascándose la cabeza.
–Mira Jaime, no te pases porque no es justo que digas esto y me marcho porque no quiero discutir contigo. Cuando seas mayor lo entenderás. No tengo que darte explicaciones.
Jaime da un paso hacia adelante, decidido a no rendirse.
–Es fácil darse la vuelta y olvidarse de todo, pero quiero que sepas que no me siento bien en el equipo por tu culpa. No sabes nada de mí, ni te importa. Solo quieres que meta goles en cada partido, pero después, no te importa nada más. Me siento como si fuera algo que usas cuando te interesa y que tiras cuando crees que ya no sirve.
El entrenador se cruza de brazos, tratando de mantener la calma.
–Mi rol es que el equipo se desenvuelva en el terreno de juego y dé lo máximo y nada más. Que sepas que yo soy tu entrenador y nada más.
Jaime baja la voz, casi susurrando.
–No me has enseñado nada. Solo nos preparas para ganar cada fin de semana. Usas lo que sé hacer para ganar. Y si no juego bien, me mandas al banquillo y me gritas. ¿Piensa que no soy una máquina, que tengo problemas y que en casa las cosas pueden ir mal? No todo en la vida es fútbol.
El entrenador se pone de pie y camina de un lado a otro.
–No tengo tiempo en los entrenamientos para trabajar la técnica. Eso ya lo debes tener asumido para jugar en mi equipo. Sé que es importante para tu formación pero es lo que hay. Y los problemas de casa no soy quién para solucionarlos. Son tus padres los que tienen que preocuparse.
Jaime se seca las lágrimas y lo mira a los ojos.
Solo quería divertirme con el fútbol
–Necesito aprender muchas cosas y nadie más que tú puede enseñármelas. Si pasa el tiempo, perderé la oportunidad de mejorar como jugador. Pero a ti no te importa porque solo quieres ganar. Si en algún momento no sirvo, buscarás a otro jugador y a mí me tirarás como si no sirviera.
El entrenador se detiene y lo mira con seriedad.
–Jaime, el fútbol es muy selectivo. Conforme vas teniendo más edad, van quedando menos jugadores para jugar a un buen nivel. Es ley de vida.
Jaime niega con la cabeza, decepcionado.
–En el tiempo que llevo jugando, he tenido muchos entrenadores. Siempre recordaré a los que se preocuparon por mí, que intentaron hacerme mejor jugador y mejor persona. Tú no estás entre ellos. Los recuerdo no por los campeonatos que ganamos, sino porque confiaban en mí, me motivaban y me corregían con cariño. Me ayudaban a crecer como futbolista. Desde que llegaste tú, estoy completamente estancado y desorientado porque no encuentro dónde apoyarme.
El entrenador intenta decir algo, pero Jaime lo interrumpe.
–No te das cuenta de que solo tengo 12 años. No soy un adulto pequeño, soy un niño. Necesito que me trates como un niño y cuando sea mayor, como un adulto. No puedes tratarme como si fuera un jugador profesional. Esto es solo una excusa para decir que la culpa es mía. Tú nunca te equivocas.
El entrenador respira profundamente, sintiendo la verdad en las palabras de Jaime.
–Jaime, ayer jugasteis muy mal y la causa de la derrota fue la poca intensidad y el poco esfuerzo que pusisteis en el partido.
Jaime se seca una lágrima y lo mira fijamente.
–Si jugamos mal, nosotros somos los culpables, pero en realidad, la culpa también es tuya. Si no jugamos bien es porque tú no nos has enseñado lo que nos pides. Somos lo que el entrenador consigue que seamos y, a veces, esto es muy poco. Pero eso nunca se dice porque el que nos grita eres tú. Quiero que sepas que cada derrota es también culpa del entrenador.
El entrenador baja la cabeza, sintiendo el peso de las palabras de Jaime.
–Solo me faltaba oír esto. Yo hago mi trabajo lo mejor que puedo pero si vosotros no respondéis en el campo, ¿qué puedo hacer yo? Es lógico que me enfade y que os pida cuentas. ¡Es increíble hasta dónde podemos llegar!
Jaime suspira, intentando mantener la calma.
–Los entrenamientos son siempre los mismos, entrenar contigo es muy aburrido y se nota que la improvisación es nuestro principal protagonista. Llegas tarde muchas veces, estás más pendiente del móvil que del entrenamiento, siempre los mismos ejercicios, que si una carrerita, un rondo, unos tiros a puerta y un partidito. ¿Es eso todo lo que puedes aportarnos? Pero luego nos exiges que juguemos bien.
El entrenador lo mira con sorpresa.
–¡Pero mocoso, qué dices! Tengo una programación de todo el año con todo tipo de detalles. Puedo enseñártela cuando quieras. Puede parecer que improviso pero lo tengo todo programado. Los ejercicios que hacemos son los que nos ayudan a ganar el partido del domingo. Lo que pasa es que luego hacéis lo que queréis en el campo.
A Jaime se le saltan las lágrimas porque ahora el tono del entrenador es violento y habla gritando porque ha perdido los nervios. Sin embargo, se contiene porque sabe que es su última oportunidad para decirle al entrenador todo lo que lleva dentro.
–He perdido las ganas de todo esto. Me aburro y nada me motiva. ¿Para qué seguir? ¿Para qué esforzarme si no veo en mi entrenador el líder que espero? Últimamente, mis padres me obligan a ir a los entrenamientos porque quiero saltármelos. Si no fuera por ellos, ya lo habría dejado.
El entrenador respira profundamente, tratando de calmarse.
–Los entrenamientos no son para divertirse sino para preparar los partidos y eso no tiene nada de divertido. No tengo la culpa de que te aburras.
Jaime lo mira con tristeza.
–¡Pero si siempre me he divertido entrenando! ¿Por qué ahora no disfruto? Correr, entrenar duro, darlo todo en cada sesión. Eso es lo que yo siempre he hecho y lo realizaba con ilusión. Disfrutaba haciéndolo pero ahora no es así. Hay algo que no funciona.
El entrenador se cruza de brazos, tratando de encontrar una respuesta.
–El que no funciona eres tú. No existe otra explicación.
Jaime baja la mirada, sintiéndose más derrotado que nunca.
–No somos un equipo. En el vestuario no nos respetamos, estamos divididos y nos llevamos mal. Pero eso a ti no te importa porque ni siquiera lo sabes. No conoces los problemas que tenemos en el vestuario. No quiero ir a entrenar porque cuando llego, todo está mal. Nos culpamos unos a otros, nos burlamos del más débil, nos ponemos zancadillas. ¿Cómo vamos a rendir si no estamos unidos? Pero tú no te enteras porque estás en otra cosa.
El entrenador parece sorprendido.
–¿Problemas en el vestuario? No te inventes cosas que no existen. Es normal que haya alguna rencilla entre vosotros pero esto se arregla dentro, no soy yo el que tiene que intervenir.
Suena la bocina del coche del padre de Jaime que viene a recogerle. Jaime se gira para saludar a su padre y se despide del entrenador.
Solo quería divertirme con el fútbol
–No he querido ofenderte, simplemente te he dicho lo que llevaba dentro desde hace mucho tiempo. Me siento mejor ahora.
El entrenador, aún procesando las palabras de Jaime, asiente lentamente.
–No te preocupes, un mal día lo tiene cualquiera. Mañana verás las cosas de otra forma. Te espero en el entrenamiento del jueves. Chao.
–Entrenador, no volveré.
Jaime se sube al coche de su padre y éste arranca inmediatamente. El padre de Jaime comienza una rápida conversación con su hijo. Le ha extrañado que estuviera hablando con el entrenador ya que es muy poco frecuente que esto ocurra.
El entrenador se queda en el vestuario vacío, con las palabras de Jaime resonando en su cabeza. Se sienta en el banco, mirando al suelo, y siente una mezcla de frustración y culpa. Mira su móvil, que vibra con una notificación, y lo apaga sin mirarlo.
Levanta la cabeza y mira al campo, pensando en todos los chicos que ha entrenado. Por primera vez, se pregunta cuántos otros sienten lo mismo que Jaime pero no han tenido el valor de decírselo.
El entrenador se levanta y se dirige hacia la puerta del vestuario, pero se detiene un momento. Mira hacia atrás, hacia el campo de fútbol vacío, y suspira. Sabe que tiene que hacer algo al respecto, pero no está seguro de qué. Con una sensación de incertidumbre, sale del vestuario y cierra la puerta tras de sí, dejando atrás una reflexión que apenas comienza.
Solo quería divertirme con el fútbol. Nada más. Puedes profundizar más en el tema del abandono en el fútbol en este enlace
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