Valentía en el fútbol base: jugador celebra un gol de la remontada en el último minuto de Inglaterra contra Argentina

No siempre gana el mejor equipo, sino el más valiente

Valentía en el fútbol base. Lo confieso: cuando Inglaterra se puso 1-0 contra Argentina, me recosté en el sofá y pensé “esto ya está”. Y me equivoqué. No porque Argentina tuviera más calidad, sino porque Inglaterra dejó de intentarlo. Y ahí, en ese instante exacto en que un equipo deja de intentarlo, es donde nosotros —los que llevamos años acompañando el fútbol formativo— reconocemos algo que vemos cada fin de semana en cualquier campo de tierra: el miedo a perder es más fuerte que las ganas de ganar.

Scaloni lo explicó después con una frase que se nos quedó grabada: sus jugadores “crecieron en un ambiente donde no tenían miedo a nada”. No sintieron el peso del resultado sobre los hombros. Y por eso, cuando Argentina olió la sangre y fue a rematar la faena en los últimos veinte minutos, no dudó. Mientras tanto, Tuchel reconocía lo contrario: “jugamos como si tuviéramos mucho que perder”. Esa frase, dicha por el seleccionador de una potencia mundial, es la misma que podríamos escuchar en la boca de cualquier entrenador de alevines un domingo por la mañana.

Atreverse, aunque falles

Lo primero que nos enseña este partido es que la valentía no es un adorno, es una decisión. Argentina no dejó de perseguir el gol ni cuando el marcador les daba la razón para conformarse. Eso, en el fútbol base, tiene un nombre muy concreto: perder el miedo al error. Omar Cortés, uno de los expertos de nuestra Plataforma, lo pone en blanco y negro cuando distingue dos tipos de fallo.

“El fallo por ser valiente” no es lo mismo que “el fallo por miedo, por miedo al error, por frustrarte, por rendirte” — Omar Cortés

No es lo mismo perder el balón porque te atreviste a regatear en un uno contra uno, que perderlo porque ni siquiera lo intentaste. El primer fallo construye jugadores. El segundo los apaga. Por eso, cuando un niño pierde el balón intentando algo, nuestra primera palabra no debería ser de reproche, sino de reconocimiento al intento. David Urrego y Kike Fernández, ambos entrevistados en nuestra Plataforma, coinciden en algo que deberíamos repetir en cada banquillo: el error “es la oportunidad de aprender y de mejorar”. Y Jesús Vicente Ruiz Omeñaca, referente en pedagogía del deporte, va más allá: tenemos que asumir que la posibilidad de error existe, “del mismo modo que existe mi posibilidad de error al tirar a portería o al defender”. El error no es la excepción del juego, es parte de él, como también desarrollamos en el permiso para fallar.

Así que la próxima vez que un chaval se atreva a regatear en su área y pierda el balón, pensemos en Argentina persiguiendo el gol hasta el último minuto. Esa valentía, aunque salga mal, es la que hay que aplaudir.

Cuando el marcador nos vuelve conservadores

Aquí viene la parte incómoda. Tuchel, con Inglaterra ganando 1-0, se replegó. Puso el equipo atrás, dejó el balón al rival y esperó a que el reloj hiciera el trabajo. Wayne Rooney lo resumió sin rodeos: “nos rendimos”. Y es exactamente lo que hacemos muchos entrenadores de fútbol base cuando vamos ganando: nos conformamos, replegamos líneas, y jugamos a que no nos empaten en vez de jugar a seguir disfrutando.

Pere Lavega, una de las voces más citadas de nuestra Plataforma, plantea la pregunta que deberíamos hacernos antes de cada partido:

“¿Me interesa el resultado o me interesa el proceso, el proceso formativo?” — Pere Lavega

Porque cuando solo nos importa el marcador, empezamos a tomar decisiones que no tienen nada que ver con formar personas, sino con no perder. Luis Cantarero es todavía más directo: cuando un entrenador corta el juego de un niño solo para no arriesgar el resultado, “está destruyéndole el gusto que tiene un niño por jugar al fútbol. Que eso es lo más grave que yo puedo acusar a un entrenador”. Y esa presión no nace solo del banquillo. Amparo Aparisi lo explica desde la grada: cuanto más resultadista es el entorno, más miedo se genera en los niños, que “tienen mucho miedo a fallar” hasta el punto de que el balón “les quema en el pie”. Un niño con el balón quemándole el pie no está jugando, está sobreviviendo.

La aplicación práctica es sencilla de decir y difícil de sostener: cuando tu equipo se ponga por delante, no cambies el plan. Sigue pidiendo que jueguen, que se atrevan, que busquen el segundo gol. Ganar 1-0 encerrados en el área no forma mejores jugadores. Ganar —o incluso empatar— intentándolo, sí. Sobre esto profundizamos también en gestión del éxito deportivo: el resultado debe ser una consecuencia, nunca una obsesión.

No conformarse, seguir persiguiendo

Lo más bonito de Argentina esa noche no fue el gol de la remontada, fue la actitud de los veinte minutos anteriores. Nunca dejaron de perseguirlo. Cales González, entrenador y formador dentro de nuestra Plataforma, resume esta idea con una frase que deberíamos colgar en cada vestuario:

“Hay que dar tiempo y no rendirse, no rendirse” — Cales González

Simple, pero es lo que separa a un equipo que lucha de uno que espera. Gorka Etxeberria añade un matiz importante: la búsqueda de la victoria “sin excusas”, perseverando, tolerando la frustración. Porque no rendirse no es solo un gesto de carácter para el partido, es un entrenamiento emocional para la vida. Y Lionel Barrachin nos recuerda que muchos talentos se quedan a medio camino “para no quedarse simplemente en la mediocridad, para no conformarse” con lo ya conseguido.

Aquí hay una advertencia que no podemos ignorar. Alex Anderez lo dice sin suavizarlo: “estamos generando niños blandos que no son capaces de superar dificultades, de luchar, de poner esfuerzo”. Si en el entrenamiento evitamos que se frustren, si les resolvemos cada problema antes de que lo intenten resolver ellos, les estamos quitando precisamente la herramienta que Argentina usó esa noche: la capacidad de seguir intentándolo cuando las cosas no salen.

El precio de jugar con miedo

Y aquí llegamos a lo que de verdad nos debería preocupar como Plataforma. Jugar con miedo no solo empeora el resultado del domingo. Tiene un coste mucho más grave a largo plazo. Madeleine Peralta lo ha visto de cerca:

Cuando se presiona demasiado a un niño, “va a jugar con miedo y finalmente es un niño que no disfruta” — Madeleine Peralta

Y un niño que no disfruta, tarde o temprano, lo deja. No hablamos de una hipótesis, hablamos de un patrón que se repite temporada tras temporada en los clubes de base. Pere Alaustré apunta a una causa que muchas veces pasa desapercibida: la sobreprotección. Cuando le decimos constantemente a un niño “cuidado, que ya te ayudo yo”, “lo estamos invalidando y le estamos haciendo coger miedo”. Queremos protegerlo y, sin darnos cuenta, le enseñamos a no atreverse. Y Guillem Turró pone el dedo en la raíz del problema: el resultadismo hace que “se olvide la importancia del proceso, del camino”, cuando en realidad el objetivo debería ser que el jugador o la jugadora “aprendan a ser mejores personas”, una idea que también recorre el tesoro escondido en el fallo.

Este es el hilo que conecta todo: miedo al error, presión por el resultado, entornos sobreprotectores. Todos apuntan al mismo sitio, un niño que deja de arriesgar, deja de disfrutar, y finalmente deja el fútbol.

La valentía se entrena, no se improvisa

Argentina no ganó ese partido solo por talento. Ganó porque, incluso perdiendo, siguió jugando a ganar. Esa es la lección que nos deja este Mundial para el fútbol formativo: no siempre gana el mejor equipo, gana el que se atreve, el que no se conforma, el que sigue persiguiendo el gol cuando todo invita a replegarse.

Nada de esto lo decimos nosotros solos. Estas ideas nacen de las voces de los expertos de nuestra Plataforma —Omar Cortés, David Urrego, Kike Fernández, Jesús Vicente Ruiz Omeñaca, Pere Lavega, Luis Cantarero, Amparo Aparisi, Cales González, Gorka Etxeberria, Lionel Barrachin, Alex Anderez, Madeleine Peralta, Pere Alaustré y Guillem Turró— que llevan años en los banquillos, en las aulas y en la investigación, poniendo palabras a lo que muchos entrenadores intuyen pero no siempre saben nombrar. A todos ellos, gracias por prestarnos su mirada.

¿Qué preferimos formar: jugadores que no arriesgan por miedo a fallar, o jugadores que luchan hasta el pitido final aunque se equivoquen por el camino?

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